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13 de diciembre de 2010

Las lecturas de 2010: artículo publicado en la revista Hermano Cerdo

Entre todos los libros con los que gocé en 2010, cuatro refulgen.

The sweet dove died, de Barbara Pym, publicado en 1978. Una novela seria, breve y gélida, con la que la autora prácticamente se despidió de la vida. Un retrato distante de una mujer a punto de cascar entre un mundo que conoce y el presente, que se le escapa de las manos. Barbara Pym construye en este libro uno de personajes más completos y trágicos que se pueden encontrar en la literatura inglesa de la segunda mitad del siglo XX. Genial.

La princesa prometida, de William Goldman, publicado en 1973. Un libro escrito cuando la posmodernidad era realmente graciosa. Una historia dentro de una historia con todos los trucos metaliterarios necesarios: el autor falso, el manuscrito encontrado, el cronista que glosa e interviene… Todo el mundo parece saber que este libro merece la pena: yo me enteré este año.

El incongruente, de Ramón Gómez de la Serna, publicado en 1922. Moderno de verdad, fresco y libre.

May we borrow your husband?, de Graham Greene, publicado en 1967. Tal vez su mejor colección de historias cortas, que contiene dos monumentos del relato del siglo XX: el que da título al libro y “Cheap in August”. Y no es que esté descubriendo nada nuevo al recomendar a Graham Greene, pero nunca está de más. No tarden. Léanlo.

Feliz año nuevo y suerte con sus lecturas. Que disfruten.

Fotografía de Iñigo Aragón.

2 de diciembre de 2010

Muriel Spark, Graham Greene y el Espíritu Santo: artículo para la revista Hermano Cerdo

(Artículo mío en la revista Hermano Cerdo sobre las novelas Territorial Rights, de Muriel Spark, Travels with my aunt, de Graham Greene y algunas preguntas sobre el catolicismo y las tramas).

Bien: llevo mucho tiempo intentando entender qué significa esencialmente el catolicismo en la obra de Muriel Spark y Graham Greene y no alcanzo grandes conclusiones. Al contrario: he llegado a pensar que la lectura de sus novelas en clave católica es una de esas convenciones culturales que los lectores y críticos perpetúan sin haber intentado desentrañar.

Pero yo me he lanzado como Superman, y si no llego a la meta no será por falta de esfuerzos. He leído con interés, con diccionario, con post-it y con rotulador amarillo los capítulos de la biografía escrita por Martin Stannard en los que se trata el tema. He leído el libro de Job y he meditado sobre la psoriasis como condena bíblica. He reflexionado sobre las diferencias entre sacramental, pastoral, místico y espiritual. He abierto la mente, dispuesto a creer algún que otro dogma si era necesario... y nada.

Na-da.

Pero de pronto parece haber algo de luz en las tinieblas. O chispas en las sinapsis, y perdón por la aliteración.



Muriel Spark publicó Territorial Rights en 1979. Es una novela de su época más extraña, más escurridiza, escrita justo después de The Takeover, cuando Spark parecía sentir que debía reinventar el género novelístico a cada nuevo intento. Con sesenta y un años, como debe ser, se resetea antes de escribir.

Territorial Rights empieza con cierta seriedad, casi con el no-estilo con el que está escrita The driver's seat:

Robert had come here as soon as he had unpacked, crossing the little bridge of the side-canal to the path that led into the expansive square. It was the afternoon hour when the shops were opening after lunch. Robert had walked around to see what sights there were to save up for later visits, and now was in the bar having coffee and a bun. He was wearing blue jeans and a thick sweater. He was twenty-four, thin, tallish and had a good head of light brown curly hair and a droopy brown moustache. Some other students of both sexes stood in the bar, came and went.

Y en ese tono entre desdeñoso y seco continúa, guiando una trama que se adensa poco a poco hasta explotar.

La trama es, como señaló Edmund Wilson en la reseña de esta novela en el New York Times, un elemento que apenas se consideraba en la crítica. Y es cierto que aun hoy, treinta años después, la situación apenas ha cambiado. Damos por hecho que la trama funciona como medio de transmisión de significados y sentidos, y la analizamos en general en términos de efectividad (¿son correctas las causalidades?) o de verosimilitud en relación a la vida (¿es esto posible?). Sin embargo, no es frecuente encontrar críticas que tengan en cuenta el aspecto moral de las decisiones del autor en cuanto a la trama.

Asunto delicado. El arte tiene razones que el raciocinio no entiende, y si Julien Sorel muere en la guillotina es, en principio, porque el corte le viene bien a la novela y no por otro motivo. Así lo asumimos, zanjando la cuestión.

Pero algunos autores consideran que la narrativa, en tanto que representación o equivalente de la realidad, se rige por unas leyes semejantes, y traen al primer plano la trama para dejar claro que es en la relación de los personajes con el destino y las acciones donde reside su visión del mundo. Matar o casar a la protagonista no es indiferente.


Spark confesó haber comprendido qué significaba ser novelista cuando se convirtió al catolicismo y aprendió a ver las tramas como un conjunto. Vio entonces a sus personajes desde el punto de vista de un dios que observa su creación con una sola certeza: que nada en la tierra tiene sentido si no hay vida tras la muerte. Ese es The Only Problem para Spark, el tema central del catolicismo que hay que asumir sin cuestionar. Y si nuestra experiencia contradice el dogma, creamos sin preguntar, parece decir. Pues en la tierra hay maldad, traición, mentira y engaño, pero no nos corresponde a nosotros juzgar aquí y ahora, sino a un dios en otro momento.


Esta idea, como la hostia, se traga sin masticar.



Y aquí viene la trama de Territorial Rights, que, bajo esta luz puede resumirse en “Dios los observa, ellos se matan”.

Robert Leaver, joven, medio estafador y medio buscavidas, abandona a su amante Mark Curran, un hombre mayor y dominante, una especie de farsante que compra y vende arte. Leaver huye a Venecia, Curran le sigue, Robert desaparece. También llega a Venecia Lina Pancev, una pintora fugada del comunismo búlgaro que, en principio, quiere buscar la tumba de su padre Victor, desaparecido en Venecia. El padre de Robert llega a Venecia en una escapada romántica con su amante, y la madre, Anthea, contrata un detective para que los siga. Pero Grace, una amiga de la madre, decide ir en persona a Venecia para desvelar el misterio.

In the meantime, Robert, desde un escondite, descubre los secretos en el pasado de la vida de Curran, el detective encuentra a los amantes, Curran se alía con su antigua amiga Violet de Winter para evitar que el pasado salga a la luz, y Grace despierta a la fascinación de una trama de opereta, de personajes incorpóreos y situaciones imposibles. Llama a la madre de Robert, que, sola en Inglaterra, sigue en una vida de tetera y novelas realistas, una vida de textura espesa y decisiones correctas, es decir una no-vida.

-It all sounds very far-fetched, said Anthea.
-It may seem far-fetched to you, Anthea, but here everything is stark realism.
This is Italy.


Y a partir de cierto momento, la trama se pone a centrifugar. Todos los personajes se calzan la máscara de chantajistas, de ladrones, de monstruos: Robert decide chantajear a Curran, Curran al padre de Robert, el detective a la madre y Lina a quien pueda... De pronto, todos, como Muriel Spark, creen tener el poder de un dios sobre las vidas de los demás, y parecen gozar con el diseño y las ramificaciones de una trama que sería inmoral a ojos humanos pero que sólo es ridícula si se mira con la perspectiva adecuada: la de la vida eterna.


Pues, ¿qué es el mal visto desde lejos?


Jugad, parece decir Spark, porque el mal está en la tierra, es complejo y, a veces, atractivo. Los ricos e inteligentes (Robert, Curran, Violet de Winter) lo saben (Robert could not remember a time in his adult life when he had not fully coped with his own life, not to mention the lives of others), y los torpes, como Grace, sucumben a su manera. Al final del capítulo catorce se une (sin pagar, por supuesto) a una visita guiada a unos mosaicos en la que descubre the ineffable beauty of the dark blues and the golds.

Es un momento magnífico de comedia macabra. Spark reparte para todos y ata la trama como en las novelas victorianas, pero guardándose una coda para el tramo final.

Y ahí muestra su visión realmente distante y sarcástica del absurdo y la belleza del mal. Ahí la oímos reír entre dientes. Junta a Robert con Anna, a quien saca de la nada, y los lanza a la felicidad. Jóvenes y guapos, se convierten en otras personas, o tal vez en otra versión de sí mismos.


It was the beginning of Robert's happy days, the fine fruition of his youth...


Enamorados y encantadores, Robert y Anna mejoran como delincuentes hasta terminar convertidos en los terroristas que ponen bombas a la vuelta de nuestra esquina.


Y así todos encuentran su sitio en un mundo donde los timadores, los chantajistas, los extorsionadores y los farsantes campan. Como el nuestro.


-You're mistaken if you think wrong-doers are always unhappy -Grace said-. The really professional evil-doers love it. They're as happy as larks in the sky...


Muriel Spark abandona en Territorial Rights casi todas sus herramientas habituales y presenta una novela sostenida sólo por la trama. El ingenio es funcional, el estilo más invisible que en otros de sus libros, el punto de vista no se hace evidente. Tengan, parece decir, esto es lo que hay. Y si no les gusta, esperen la vida eterna. De momento no hay más.


Algo semejante parece decirnos Graham Greene en Travels with my aunt, otra novela escrita, por así decirlo, desde el púlpito, otra farsa y otra comedia amarga sobre la muerte con moraleja retorcida.


Henry Pulling, un empleado de banca jubilado y aficionado a cultivar dalias, conoce a su tía Augusta durante la cremación de su madre. Está, como todos los hombres curiosos, fascinado por la muerte:


...there was a slight stirring of excited expectation: which is never experienced at a graveside. Will the oven doors open? Will the coffin stick on the way to the flames? I heard a voice behind me saying in very cold clear accents, “I was present once at a premature cremation”.


Augusta, una mujer de setenta y cinco años, ha comprendido que la vida es poco más que una carcajada. Viaja, ama, delinque y transforma a los demás personajes sólo con una frase o el roce de su mano, como en los milagros.


“I have said that your official mother was a saint. The girl, you see, refused to marry your father, who was anxious –if you can use such an energetic term in his case- to do the right thing…she was deeply shocked when your father tried once to make love to her –after the marriage but before your birth- that, even when you had been safety delivered, she refused him what the Church calls his rights.”


¿Es, pues, Pulling el hijo de una virgen? ¿Es Augusta su verdadera madre? ¿Qué significa el encuentro entre ambos?


Viajes por el mundo. Casi sin quererlo, Pulling se convierte en compañero de su tía, que encadena un destino con el siguiente y un amante tras otro sin más guía que tres preceptos morales: la diversión, la certeza de no estar haciendo nada ilegal y la convicción de que, a la larga, dios proveerá.


-I have never planned anything illegal in my life –Aunt Augusta said-. How could I plan anything of the kind when I have never read any of the laws and have no idea what they are?


Si en Territorial Rights la red de engaños era la imagen metafórica del mundo, aquí es el viaje. Los personajes aparecen y desaparecen de la vida de Augusta en una estación o en un restaurante, y las despedidas tienen algo de ligero, como si los personajes, incluso ante la posibilidad de la muerte, estuvieran diciéndose adiós sólo temporalmente. Y así completa Henry Pulling su educación sentimental. Hacia la mitad del libro, Pulling ya es otro.


When I double-locked the door and followed them, I was left with the sad impression that my aunt might be dead and the most interesting part of my life might be over. I had waited a long while for it to arrive, and it had not lasted very long.


Pero el viaje continua, y Augusta, casi más fuerte que la propia muerte, sigue su camino por un mundo donde, como en el nuestro, abundan el delito, el engaño y la mentira, y el amor muere. Egoísta y terca, Augusta parece aferrarse cada vez más a la diversión, o a lo que queda de ella. What the fuck, parece estar diciendo, esto son dos días. No me cuentes que hay dolor, no me cuentes que todo esto es absurdo: déjame bailar.


Y así se cierra la novela, con un subrayado.


Las vidas de Muriel Spark y Graham Greene se tocaron en varios puntos. Como se sabe, Greene ayudó económicamente a Spark cuando ella estaba, literalmente, alucinando por culpa del hambre, y fue siempre generoso y cordial con una mujer a la que consideraba su igual. Con motivo de la publicación de Territorial Rights escribió:


It’s your best, your very best. I thought you’d never top Memento Mori: but you have. I’ve been reading it all day in one gulp. Written with excitement at 9,35 pm.


Territorial Rights y Travels with my aunt son dos novelas escritas por católicos que en varios momentos de sus carreras meditaron sobre la relación profunda entre su fe y su arte, y dejaron que una permease la otra. ¿Ofrecen, pues, una visión teológica de la vida? ¿Se entienden mejor desde el punto de vista católico que convierte la existencia humana en una contingencia y el mal en una broma? ¿Estamos ante dos novelas religiosas?


No lo sé. ¿Lo sabe alguien?

Comment are welcome.

El link a la revista está aquí

Fotografías de Gil Inoue

11 de febrero de 2010

Relatos de Graham Greene (y 4): The last word and other stories

Y ahora vamos a ver a Graham Greene cuesta abajo.
The last word and other stories, publicado en 1991, es casi su último libro, y debería empezar con una advertencia: lector, no te adentres.

¿Puede el autor de "Mortmain" escribir un relato como "The last word"? Parece que sí, pero vamos a ver dónde, cómo y por qué nace nuestra estupefacción.

1.a) Un ejemplo de buena prosa.
El relato "Beauty", de 1967, arranca con fuerza, incluso con genio: The woman wore an orange scarf which she had so twisted around her forehead that it looked like a toque of the twenties, and her voice bulldozed through all opposition -the speech of her two companions, the young motor-cyclist revving outside, even the clatter of soup plates in the kitchen of the small Antibes restaurant which was almost empty now that autumn had truly set in. Her face was familiar to me...
En este párrafo hay misterio (¿qué carácter tiene una mujer que se ha enrollado de esa manera el pañuelo?) y hay caracterización tanto de la protagonista (her voice bulldozed through all opposition) como del narrador (la referencia a los años veinte y el adverbio truly, gracias al que sabemos que lleva allí tiempo y que, por alguna razón u otra, se ha resistido a reconocer que el otoño ya había llegado).
Esto está vivo.


1.b) Un ejemplo de prosa muerta.
"An appointment with the general", 1990, capítulo segundo. She accepted his invitation because the morning it arrived she had had one more "final" quarrel with her husband -the fourth in four years. The first two had been the least damaging -jealousy after all is a form of love; the third was a furious quarrel with all the pain of broken promises, but the fourth was the worst, without love or anger, with just the irritated tiredness that comes from a repeated grievance, from the conviction that the man one lives with is unchangeable, and the sad knowledge that she didn't care much anyway any more. This one was the final quarrel, she thought. All that was left for her now was the packing of suitcases. Thank God there were no children to consider.

Da pereza, ¿verdad? Es un párrafo que parece revelar el funcionamiento de una voz sin ganas de narrar, un recuento de la vida de la protagonista escrito con la desgana de quien está haciendo los deberes, una lista de clichés (jealousy is a form of love...broken promises...the irritated tiredness...the man is unchangeable...sad knowledge...the packing of suitcases).

(Merece la pena traer al estrado un ejemplo de caracterización del Greene al que echamos de menos. Es de "Chagrin in three parts": "After such a betrayal I could never look at another man", Madame Violet replied. At that moment she looked right through me. I felt invisible. I put my hand between the light and the wall to prove that I had a shadow, and the shadow looked like a beast with horns").

2.a) Una idea fresca.
"A shocking accident", 1967: A un señor que va por la calle le cae encima un cerdo. El señor muere, y su hijo y hermana tienen que enfrentarse al problema narrativo que presenta la historia cada vez que la quieren contar. ¿Es trágica, es cómica? ¿Cómo dosificar la información para que la sorpresa no provoque carcajadas? Tenemos aquí una idea directa que adopta forma de trama sencilla, pero cuyo sentido es profundo: la fractura que existe entre la vida y su representación en literatura.

2.b) Una idea...indescriptible.
"The last word", 1990. Un viejecito sin memoria vive solo en una sociedad futura. Su vida monótona está controlada por lo que imaginamos son policías de un estado totalitario. Pero el viejecito ha conservado en su habitación, como souvenir del pasado, un Cristo manco con el que habla de vez en cuando y al que considera su único amigo. Un día (el 25 de diciembre, para más inri), unos hombres anónimos llevan al viejecito frente al General, que le explica que el comunismo, las religiones, el capitalismo y las guerras han desaparecido del mundo (algo que, en principio, no tendría por qué sonar mal). Y el viejecito, que empieza a recordar algunas palabras del pasado, como Love y Pax, se huele la tostada.

Sí, le dice el General, usted no es otro que...¡Juan XXIX, el último Papa!...pero no sólo eso....¡usted es el último cristiano!....y aún hay más...¡voy a matarle ahora mismo!


Y así, el General saca una pistola para matar al Papa, pero antes decide brindar con él.
Ay, ay, ay, pensamos, ahora va a venir lo del vino. Y, efectivamente, viene lo del vino. El Papa, por lo bajinis, bendice el tinto y ¡se obra el milagro de la Transustanciación! Y el General, después de disparar, se mosquea mucho porque se da cuenta de que el Papa tenía razón.

Fuerte, ¿eh?

Pues es más fuerte cuando nos damos cuenta de que, en narrativa, una idea se convierte en trama para transmitir un sentido, que aquí no es otro que: lo que diga la Iglesia va a misa.

Yo no digo más acerca del futuro del catolicismo. Que lo diga esta foto:


8 de febrero de 2010

Un diez: Cheap in August

Me puede el entusiasmo y voy a escribir cosas hiperbólicas como "descomunal", "estratosférico" y "eterno" acerca del relato "Cheap in August", de Graham Greene. Pero no voy a decir lo de la joyita ni lo del joyón porque ya lo he dicho muchas veces y porque -let's face it- no es demasiado difícil encontrar obras literarias excepcionales: tal vez no abunden, pero tampoco escasean.
Este relato es, sin más, una de ellas. Se da la mano con, por ejemplo, "La señora del perrito", de
Chéjov, con el que está emparentado por más de una razón.

It was cheap in August: the essential sun, the coral reefs, the bamboo bar and the calypsos -they were all of them at cut prices, like the slightly soiled slips in a bargain-sale... Mary Watson, inglesa está en un resort en Jamaica, sola y lejos de su marido, un norteamericano de New England que pasa el verano en Europa preparando unas conferencias sobre literatura. Aquí huele a Henry James, pero en versión slightly soiled.

Mary Watson, una mujer dada al análisis, deja vagar la mente y, rememorando su vida sexual, termina por ver a su marido exactamente así, bajo la luz de
James: "A man of intellect whose body was not much to him and its senses and appetites not importunate". Y después de tres semanas de aburrirse y de tomar calypsos, descubre que, a sus cuarenta años, está lista para tener una aventura sexual. Es el momento y es el lugar.
Pero le falta el objeto.

A su alrededor no parece haber mucho donde elegir. Dentro de la piscina hay en un señor mayor, que evidentemente no le sirve:
the old man splashing water over himself, like an elephant, in the shallow end hardly counted. Y ella sigue divagando un ratito, hasta que el hombre se presenta.

Ni de coña, piensa ella. Además, tengo marido. Pero el señor es directo: que si quiere tomar una copa. No, no, ya me he tomado una. Oiga, que a mí la copa me da igual, que yo lo que necesito es compañía. Que no y que no. Bueno, pues si no es una copa, ¿le importa que me siente a comer con usted?
Ella se desarma. De pronto, los circunloquios a lo Henry James (à la New England) no le sirven de mucho, y empieza a ver al señor con curiosidad. Es un modelo de americano distinto de su marido: es viejo, es gordo (The chair was too small for him; his thighs overlapped like a double mattress on a single bed), no es peligroso y pone todo su fracaso sobre la mesa sin pena: no tiene dinero y está solo. Por supuesto, se dice Mary, yo sólo tengo curiosidad intelectual por este señor.

Y entonces, en el segundo capítulo, vienen dos páginas que deberían estudiarse (junto al octavo capítulo de
Innocence) como ejemplo de representación del nacimiento de un sentimiento: el pensamiento de Mary va del viejo a sí misma, a su marido, y de nuevo al viejo, que insiste. No me interesa nada, gracias, yo soy muy mía, dice. Y él como un toro: vale, como usted quiera, pero mi habitación es la 63. Y ella que no, que me disculpe usted, caballero, que me voy a ir a dormir la siesta.

Pero la camarera de planta está haciendo la habitación 63, y la puerta está abierta. Mary entra, fisga, olisquea:
the same pair of double beds, the same wardrobe, the same dressing-table in the same position, the same heavy breathing of the air-conditioner. ¿Hay manera más elegante de retratar a dos personajes solos, varados, al borde de una pasión cheap in August? Mary encuentra una carta a medio escribir, y, por supuesto, la lee.

Al salir se da de frente con el señor, que vuelve a su habitación e insiste: ¿Me estaba esperando? Nada de eso, dice ella, yo venía a buscar a la camarera para pedirle una jarra de agua. Pues llévese la mía y, si quiere, avíseme para tomar algo cuando se despierte de la siesta. Y ella se va pasillo abajo, roja de vergüenza.
She had walked into a trap baited by with a flask of iced water, and in her room she drank the water gingerly as though it might have a flavour different from hers.

Esto es magistral, pero seguimos ascendiendo. El capítulo tres es el duelo, de igual a igual.
The old fat man had become an individual now that she had read his letter, y ella acepta ir a la habitación 63. Se toma un bourbon y después otro, y después otro, mientras piensa que es curioso sentir, por primera vez en su vida, curiosidad real hacia otro ser humano.

Tenemos que bajar a cenar, dice él. Y allá van:
They went downstairs, following rather carefully in each other's footsteps like ducks.
Ya está. Una frase perfecta. Ya son dos personas en un mundo en el que no cabe nadie más.


Hay un cuarto capítulo, de nuevo en la habitación 63 y ya pasado el efecto del bourbon, en el que aparecen, desnudos y explícitos, los personajes: su miedo a la muerte, su soledad y su resignación. Y el relato se cierra con una ovación.

Un diez, vamos.
Greene decía que este relato estaba entre lo mejor que había escrito, una afirmación que, en principio, podría dejar al lector temblando: si lo mejor se mide en relación a lo peor, podríamos estar hablando de algo muy malo, malísimo, pues las bazofias de Greene son históricas, descomunales, estratosféricas, eternas.
Pero no. Es de lo mejor en términos absolutos. O al menos en relación al ideal de relato que nos acompañó a lo largo del siglo XX.

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Las postales de hoteles vienen de www.arkivatropika.com, un paraíso tiki.

7 de febrero de 2010

Relatos de Graham Greene (3): May we borrow your husband?

Y al séptimo día, Graham Greene se divirtió.

Cuando publicó esta colección de "comedias sobre la vida sexual"(1967), Greene tenía sesenta y tres años y estaba en su momento (literario y personal) más lúdico y encantador. Acababa de mudarse a Antibes con su novia Yvonne Cloetta y parece que el aire del Mediterráneo le estaba sentando muy bien, lo que sin duda se nota en su escritura. Lo siento, Proust, aquí lleva razón Sainte-Beuve.

Greene parece decir al lector: "No me tomes muy en serio, pero si tienes un rato siéntate, sácame una copa y escucha, que te voy a contar una cosita..." Y con ese tono medio ligero y medio travieso narra unas cuantas historias crueles que, en sus mejores momentos, recuerdan a algunos cuentos de Muriel Spark. De hecho, el narrador de las tres primeras historias tiene la voz del de The Fortune-Teller o The Dragon: es el embaucador listillo que jura, mordiéndose la lengua, estar contando la verdad y nada más que la verdad.

Sí, seguro.

Un hotel en Antibes al final del verano, un escritor mayor con vocación de voyeur y una pareja de decoradores: The elder man was nearing fifty and the grey hair that waved over his ears was too uniform to be true: the younger had passed thirty and his hair was as black as the other's was grey. El escritor los ficha desde su terraza como si nada, y a continuación nos cuenta la excusa clásica: yo no me metí, yo sólo cuento "the events of this sad little comedy" como los vi. Pero en el fondo está el dilema histórico del narrador que podría quedarse sin historia si no se mete un poquito, sólo un poquito, y da un empujoncito, sólo un empujoncito, a los acontecimientos. Es un temazo.

En seguida llegan al hotel Poopy y Peter, un matrimonio que disfruta (es un decir) de una luna de miel sin sexo. Los decoradores sacan su radar, el escritor saca el suyo y los tres llegan a la misma conclusión: Peter escora. Los decoradores empiezan su asedio y el escritor, que prefiere a la chica, empieza el suyo. Quiere el azar que se la encuentre sentada a la puerta de un museo, llorando: She jumped a little as she turned and dropped her handkerchief, and when I picked it up I found it soaked with tears -it was like holding a small drowned animal in my hand. Pero el escritor es un hombre mayor y, haciendo de la necesidad virtud, nos cuenta que no quiere seducir a la joven porque es un hombre con escrúpulos. Pero, claro, tampoco puede contarle la verdad porque la comedia le está entreteniendo demasiado.
O sea, que los escrúpulos le llegan hasta un límite:
There was no move I could make. I had just to sit there and watch while they made the moves carefully and adroitly towards the climax.

Esto es un Henry James "tongue-in-cheek". Es una historia genial, soberbia, extraordinaria, uno de los dos hitos que contiene este libro.
El otro es "Cheap in August", que merece un post aparte, una calle, un monumento. Y entre el resto sobresalen Mortmain, A shocking accident (que pasa inmediatamente a mi lista de obras favoritas sobre el viejo tema vida ≠ arte, junto con The harvest, de Amy Hempel, Material, de Alice Munro y Storytelling, de Todd Solonz) y, tal vez, The root of all evil.

En breve, más.
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Artículo (gossip, basically) sobre Yvonne Cloetta

6 de febrero de 2010

Relatos de Graham Greene (2): A sense of reality

Entre dos cumbres como Twenty-one stories (1954) y May we borrow your husband? (1967), los cuatro relatos de A sense of reality, (1963) se leen con decepción. Pasan por ser sus cuentos más personales, más íntimos, algo así como prosas semi-fantásticas en las que aparece el Greene más psicoanalítico, y parece que ya algunos críticos del momento leyeron el libro entre bostezos.

El protagonista de Under the garden, enfermo de cáncer, decide volver a la casa donde, de niño, tuvo un sueño. Pero como dice Barbara, il ne faut jamais revenir / aux temps cachés des souvenirs / du temps béni de son enfance, y lo que el hombre encuentra no es lo que recuerda. Su hermano, que vive en la casa familiar, ha mantenido una relación "real" con el pasado: ha reformado la fuente, ha tirado trastos, etc. Pero el protagonista, ante la inminencia de la muerte, se resiste a creer que la verdad está en la realidad actual y no en sus recuerdos pasados. Y, durante una noche, escribe el relato de un sueño que ha terminado por creer, y en el que aparecen muchos de los tópicos de los sueños en la literatura (confusión espacio-tiempo, detalles escatológicos, lugares reconocibles ligeramente alterados, personajes que hablan un idioma raro). Bajo el jardín de la casa del protagonista, en resumen, puede haber un mundo extraño, al que el niño descendió una vez y donde conoció a un tal Javitt, que le reveló el sentido de la vida y le enseñó un tesoro. Y como el protagonista está a punto de morirse, todo esto le resulta sumamente emocionante. En fin.

A visit to Morin es incluso más íntimo. Tanto, que trata de un asunto que pudo ser crucial para Greene y su amigo el cura gallego Leopoldo Durán(*), pero difícilmente para el lector: la posibilidad de tener fe sin creer y de vivir el catolicismo lejos de los sacramentos. El narrador visita a Morin, un autor católico al que admiraba de niño y que le confiesa, en una conversación teológica vacía, vivir en una paradoja. ¿Es posible vivir con fe y no creer en lo que dice la Iglesia? Tal vez sí, tal vez no, pero, ¿acaso importa?

Dream of a strange land tiene el tono, la trama y el desenlace de una parábola. Un doctor retirado en una gran casa en el bosque recibe la visita de un leproso. Hay un dilema moral y una intervención del destino, como debe ser. Y no cuento más porque este relato sí merece la pena leerse sin spoilers.

A discovery in the woods es un relato post-apocalíptico. Un grupo de niños se adentran, contra el consejo de los mayores, en el mundo que hay más allá de su valle. Lo que encuentran son restos de nuestra civilización (una casa en ruinas, el esqueleto de un posible soldado), que presumiblemente se ha destruido por completo. Pero, al igual que en Under the garden, el sentido profundo del relato es una experiencia vital (el fin de la niñez en el momento en que se descubre el origen de los mitos) que Greene no convierte en trascendente para el lector.

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Las fotos son del trabajo Moonmilk, de Ryan McGinley.
(*) Leopolo Durán era este curita gallego enamorado de Greene. Por lo visto, Greene pasó un par de décadas de crisis religiosa y sacramental, dudando si comerse la hostia o no comérsela. Y al final, de rodillas ante este señor, abrió la boca.

3 de febrero de 2010

Relatos de Graham Greene (1): Twenty-one stories

1954. Graham Greene reedita su primera colección de relatos (Nineteen stories, de 1947), añadiendo cuatro. Son historias de su época, y es posible que algunas fueran escritas para un lector que ya no existe: cinco o seis yacen, muertas, irrecuperables, bajo una capa de polvo.
Pero en las mejores brilla ese genio de Graham Greene que deja al lector dudando si el autor es un ojo inocente que observa un mundo retorcido o justo lo contrario.

Se salen The destructors (sobre la que ya se ha dicho todo), The blue film, When Greek meets Greek, A chance for Mr. Lever, A drive in the country y The innocent. Otro buen lote (Special duties, The hint of an explanation, A little place off the Edgware Road, Across the bridge, The basement room, Jubilee y The end of the party) quedan en segundo lugar, tal vez lastrados por unos cierres demasiado herméticos y, a veces, un poco convencionales. Y el resto, como dicen los pedantes, es silencio.

Al grano con un ejemplo.
The blue film
es un cuento perfecto, un disparo de cinco páginas. Tenemos a Carter y su esposa en un lugar exótico en el que Carter ha hecho negocios y donde ha traído a Mrs Carter para limpiar su conciencia. Han estado separados mucho tiempo. Ella se aburre y, para estar a la altura de lo que imagina acerca de su marido (ese desconocido) se lanza: "If you weren't with me you'd find...you know what I mean, Spots". Quiere ser salvaje, fumar opio, no dejarse sorprender por la depravación; es un intento desesperado.

Pero su marido la observa: "When he looked at her neck he was reminded of how difficult it was to unstring a turkey". No hace falta ir, dice, es sórdido, y entendemos que el reproche es hacia sí mismo. Qué habrá hecho, de qué se avergüenza.
Ella insiste: "I should be taken to plenty of Spots if I wasn't with a husband".
Él se contiene: "He tried to drink his coffee calmly; he wanted to bite the edge of the cup".
Así pues, como ella lo ha pedido, el marido la lleva a ver una proyección de porno clandestino en una cabaña al final de un callejón de mala muerte: "The owner showed them into a tiny stuffy room with two chairs and a portrait of the King. The screen was about the size of a folio volume".
Es la venganza del marido, aunque ella está a la altura: "Ugly and not exciting", dice Mrs Carter cuando termina la primera película.

Pero en la segunda, Carter ve cierto encanto. La chica se quita un sombrero, el chico es joven, y vuelve a Carter cierto recuerdo.

"Good God", dice Mrs Carter, "it's you".
"It was me", Carter said.
Y de ahí hasta el final, el relato es devastación pura. En el taxi, la esposa muestra, en tres comentarios, un repertorio de reacciones (frígida, inquisitiva, despiadada) que la hacen más horrible por contraste con la chica de la película. Y de vuelta en el hotel, el relato se convierte en una elegía negra sobre el tiempo que todo lo destruye. Y aquí Greene no se regodea en los efectos; basta un segundo. Carter se desnuda en el baño y es sólo un viejo recordando a la chica. "Thirty years had not been kind: he felt his thickness and his middle age. He thought: I hope to God she's dead. Please, God, he said, let her be dead".
Pero Mrs Carter también está, a su manera, intentando aferrarse al tiempo, y le espera medio desnuda. "Her thin bare legs reminded him of a heron waiting for fish".
Y después, mientras follan, "she was dry and hot and implacable in her desire. "Go on", she said, "go on", and then she screamed like an angry and hurt bird".

Puede decirsen un montón de generalidades sobre Greene, su catolicismo, sus personajes, su talento, etc. Pero el lector que disfrute de la literatura como arte que se goza en solitario, destello a destello, tiene aquí un manjar. Es el Greene conciso y serio, que hace reír sin disfrutar. Faltan todavía un par de décadas para que empiece a divertirse.
Eso mañana.

16 de diciembre de 2008

Graham Greene en la recta final: The Captain and the Enemy

Aquí hay tela que cortar: un buen día, hace años, un hombre misterioso apareció en el colegio del narrador y se lo llevó. Al parecer, el padre del niño y el hombre misterioso se habían apostado al chaval al backgammon, o tal vez al ajedrez. El niño, encantado, se fue con el hombre a aprender de qué iba la vida en Londres. Y la vida iba de omisiones, silencios, personas que se inventaban identidades, traiciones, maldad, heridas y, sobre todo, mentiras. Mentiras muy gordas.

"Oh", pensamos, "esto es una educación sentimental". Y si somos todavía más pedantes, pensamos: "esto es, ¡oh!, un Bildungsroman".
Pues sí, lo es.

The Captain and The Enemy está dividida en cuatro partes. Las tres primeras son el relato del narrador, que intenta desentrañar mediante la escritura los misterios que ha visto y vivido: ¿quién es The Captain? ¿a qué se dedica? ¿qué relación tiene con Liza? ¿qué pasa con su propio padre? ¿qué pasó con su madre? ¿qué es el amor? ¿qué ha aprendido de los adultos?
El manuscrito del narrador es fragmentado y poco fiable, pues la escritura no parece ser el mejor medio de intentar aprehender los enigmas del amor y la identidad. Pero el narrador (que ha perfeccionado el arte de la mentira en su profesión de periodista) sigue intentándolo. La segunda parte corrige a la primera, y la tercera a la segunda. La cuarta es una chapucilla, con todos los respetos: un narrador externo sale de la nada y, a toda prisa, ata un par de cabos. No es que todo hubiera sido un sueño, pero casi casi. Caída y bajonazo.

Y ahora voy a destripar el argumento de la novela:
Victor Baxter sale del colegio con The Captain (también llamado Roger, Señor Smith, The Colonel, The Major, etc), directo al sótano de una casa en Londres, donde empieza a vivir con su nueva madre, Liza, y bajo un nuevo nombre, Jim. Poco a poco, sabemos que el padre del niño dejó embarazada a Liza y la obligó a abortar en una operación que la dejó estéril. El padre era, a ojos del niño, el mismísimo diablo, y su nueva vida como hijo adoptado le resulta relativamente cómoda: tiene casa y comida, y no va al colegio. Todo bien.
The Captain va y viene, desaparece, envía dinero, y Liza, mientras tanto, le espera. Lo que no se cuenta (las ausencias, los silencios, la falta de emoción) dibuja una relación de amor profundísima, que el niño no entiende. Aprende las formas frías y crueles con que se comportan los adultos a su alrededor, y con esa educación forja su identidad. Ya es alguien: es una sanguijuela.
The Captain le ha regalado un hijo a Liza, pero a cambio espera que éste la cuide en sus ausencias. Cuando el niño crece, se lanza al mundo, traicionando a Liza y traicionando al Captain, que no sabe nada de esta puñalada. Y, por supuesto, llega la tragedia.
Liza muer, dejando atrás cartas que el narrador no debería leer. Pero las lee, y relee también el manuscrito que constituye la primera parte. Liza lo ha leído, lo ha conservado y lo ha enmendado, añadiendo que The Captain era un buen hombre, y eso basta.

(Esto es material literario inflamable. Cartas, manuscritos, un narrador cabrón y mentiroso, una historia de amor en los márgenes y sentimientos de profundidades teológicas. Nos zambullimos en la tercera parte sin aliento, y seguimos al narrador hasta Panamá).

Panamá. Vamos a buscar al Captain y a conocerlo a fondo, pero no de cualquier manera: el narrador ha aprendido a mentir, y le cuenta al Captain que Liza está viva. Enferma, sí, pero viva. Cuando el Captain esté suficientemente hundido, le contará la verdad para que hable de una vez. Y, llegado el momento, se la tira a la cara como si fuera ácido sulfúrico.
Ante la noticia, el Captain se suicida/sacrifica, y el narrador recibe lo suyo. No tiene pasado ni futuro, está solo y amenazado. Ha aprendido de los adultos las artes de la mentira y la traición pero no ha conocido ni conocerá nunca el motivo que las justifica: el amor.
¿Y qué sabe él del amor?
Antes de morir, Liza había enviado una carta al Captain, que el narrador intercepta. Antes de morir, el Captain deja una carta al narrador.
"The two unread letters in my pocket weighed on my mind, and as soon as I was alone...."
La educación sentimental del narrador termina aquí. Y termina the hard way.

A leer.

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1) Entrevista a Graham Greene en The Paris Review
2) Graham Greene ayudó financieramente a la gran, inmensa, extraordinaria Muriel Spark cuando ésta sufría alucinaciones por culpa del hambre. Ambos son escritores católicos y ambos tratan asuntos morales (la traición, el chantaje, la mentira, la redención, los milagros, el sufrimiento) desde la ficción. Maravillosa entrevista a Muriel Spark en la que nos recuerda -por si alguien lo había olvidado- que la ficción no es una cosa distinta de la mentira: es mentira.
* Fotografía de Craig Persel