21 de marzo de 2014

Los intelectuales no tienen ni media hostia


Los intelectuales son gente frágil. Escapan de las guerras y las tiranías con maletitas miserables, o se hacen encarcelar sin resistir mucho, o mueren rápidamente. Dejan atrás papeles o dibujos, bibliotecas que arden, registros que, ahora, se borran haciendo clic. Aunque crean gritar muy alto, son silenciados según interesa. La idea de que su voz es fuerte y resiste contra el tiempo solo convence a otros intelectuales como ellos. Pero a la hora de la verdad, cuando reina lo basto -miren a su alrededor si aún les queda ánimo-, los intelectuales dejan de importar.


El neoliberalismo ha prescrito una regulación invasiva de nuestras relaciones con otras personas, con el espacio, con los objetos y con las esperanzas. Su esquema impone lo útil como valor supremo porque lo útil es mensurable, primario, fácil de explicar a los niños. En su crudeza de tarjeta bancaria que se totaliza al final del día, no admite más columnas que las del debe y el haber. Su metro, nos dicen, es perfecto porque está cotejado con un axioma: la distancia que recorre, ya saben, la luz en el vacío durante el famoso intervalo. A veces hasta creemos que el neoliberalismo, todo rigor y sigilo, es tan espontáneo como una flor que se poliniza sola, como un tifón.

Por fin respiran los mercaderes. La cultura, esa cosa abstracta y amorfa que los intelectuales no lograban definir, ya tiene límites, tanto en su esencia como en su alcance, y por fin nos entendemos: hablamos sin metáforas de producción de bienes culturales (esencia), cuya calidad está determinada por las ventas (alcance). Aquí manda Hermes, no Atenea. Aquí el mercado se autorregula, como las flores y los tifones.

Adiós, intelectuales; adiós, gente de bien. Cargad con la culpa de no haber sabido defender vuestros precios, de no entender la compraventa, de no luchar contra los viajantes. Sosteníais que vuestra arma era la palabra, y a la hora de la verdad, palabra contra palabra, la vuestra es aire frente a la firma que aprueba un IVA letal o que legaliza el robo de vuestros bienes. Habéis corrido al lado de un carro demasiado grande con la lengua fuera, hasta reventar. Eso, se os dice ahora, era codicia: habéis filosofado por encima de vuestras posibilidades.

Pero incluso los matones necesitan, para sí o para sus señoras, rodearse de cosas bonitas, grandes, coloristas, suntuarias y modernas. En eso se parecen a nuestros gobernantes, que se mueven, como galvanizados por la emoción de saber que el dinero público no es tal cuando cae en sus manos, entre Calatrava y Carla Duval, hermana de la vedette. Cultura.

La neurociencia, como antes hicieran la literatura, la filosofía o la religión, aporta ahora las metáforas narrativas que prometen explicar el todo. Habla de transmisión de datos, de impulsos eléctricos, de determinismo genético y de segregaciones de estimuladores que, por un momento, nos hacen olvidar que existe la ley de causa-efecto. Nubes y redes son las imágenes especulares de nuestro tiempo: oscuridad y laberinto.

Y así la causa del efecto de la destrucción de la cultura en nuestro país queda sin explicar. Son redes, señores, cosas inasibles, fenómenos naturales, actos divinos sin un origen conocido. Es el mercado, que emana de los seres humanos. Se espera de nosotros como ciudadanos que no lleguemos a un análisis más profundo que el dedo azul que apunta arriba o abajo. O, como mucho: es complicado.
Unamuno, hace tiempo, tembló ante el mutilado. Creía en la Universidad como templo de la inteligencia, y hablaba de persuadir, y de mentes que guiaban a las masas y de otras ideas sutiles, pensaba que el enemigo de la cultura era solo la falta de libertad. Pero míranos ahora, libres y ricos, en un país que no fusila a sus intelectuales. Los deja a su suerte como si la omisión del deber de socorro no fuera un delito.

Columna publicada en la revista Ámbito Cultural con el título "El Apagón". 
La primera fotografía no tiene créditos. La segunda es de Michael Schmidt

Igual hay que leer a Peter Stamm para entender lo mal que está Europa


En el mapa imaginario de nuestro continente, Escandinavia es el silencio de Dios, Italia un escote, Austria un sótano lleno de muertos, Inglaterra un parlamentario con ligueros y España una fritanga hecha con la oreja de Pascual Duarte y el ojo del perro andaluz. Todo muy extremo, sí, como un piano sin teclas centrales.

En el mapa real de la UE existe una zona muy grande llena de esa gente sosa a la que hemos conocido siendo Erasmus (que en paz descanse, tiempo al tiempo) y a la que hemos mirado por encima de nuestro hombro mediterráneo: es esa gente que vive veranos cortos, que va de pesca, que acampa cerca de los lagos y que vive sin drama ni emoción. Todo muy gris, sí, como un profesor de alemán con un jersey tejido por su madre.


¿Hay entre los dos clichés -entre el reflejo del esperpento del arte y la falacia de la experiencia como verdad- sitio para visiones literarias que capturen los matices y significados del europeo normal como personaje? ¿Es Peter Stamm -suizo y realista- quien mejor ha sabido tomarle las medidas a ese ente, mitad pesadilla y mitad sueño burocrático? Y si no sabemos muy bien de qué hablamos cuando hablamos de nosotros en tanto que europeos, ¿servirá la obra de Stamm como nuestro equivalente cuando en el futuro olvidemos quiénes éramos en esta deriva?

Europa, vista de lejos, con los ojos del arte, es una cosa cansada y pequeña, un aire respirado demasiadas veces, una conversación entre el cuerpo del texto y las notas al pie. Steiner, Houellebecq, Magris, Jelinek o Winkler se han preocupado, cada uno a su manera, de poner orden (o neurosis) en la avalancha de detritos. Pero tal vez la erudición y el grito necesiten un contrapeso en la balanza: la crónica plana de Stamm parecería, en voz baja, completar la foto.

Quien pueda elogiar su obra con razones atractivas o palabras fáciles, que lo haga. Sus novelas tratan de relaciones amorosas (Siete años), del paso del tiempo (Tal día como hoy), de la búsqueda de un sentido vital (Paisaje aproximado) o de todo lo anterior combinado. Es difícil pensar que un lector menor de treinta años, por ejemplo, encuentre en Stamm a su autor de cabecera: hay algo en la neutralidad de su prosa que parece no distinguir lo poético de lo banal ni lo intemporal de lo transitorio. La experimentación formal -ese énfasis que subraya que algo merece ser subrayado- aparece solo ocasionalmente en algún relato, como si Stamm escribiera entonces acerca de una historia y no acerca de la vida. Su mirada -su lenguaje- se posa sin contraste en un mundo sin relieve, como el nuestro. El adjetivo que resuena al leer sus libros es "normal".

Si el aquí y ahora es la falta de propósito en una asfixia lenta, los personajes de Stamm son el reflejo de nuestro continente: ciudadanos de la UE nacidos hace poco y definidos -o indefinidos- por una superficial noción de sí mismos basada en lo reconocible, en lo repetido y lo externo, en lo pasajero y lo prescindible. Y es en esta desconexión con la propia identidad sentimental o regional donde podemos reconocer nuestro desapego y nuestra levedad: nada es muy grave en el fondo, la vida sigue, estamos aquí por haber de todo. Hacía falta un suizo -quién lo iba a decir- para ver las cosas con tan poca gracia. Y con tanto acierto.

Columna publicada en la revista Ámbito Cultural con el título "Un autor de la UE"
Fotografías de Thomas Struth

23 de julio de 2012

Josef Winkler: cuanto más duele, más gusta.

Hay una región literaria donde viven, en agónica armonía, Elfriede Jelinek, Thomas Bernhard y Josef Winkler. Hace frontera con el pueblo de Agota Kristof, con el brezal de Brand y con el manicomio de Robert Walser. A veces es Austria, a veces Alemania, a veces Suiza. Sus habitantes no son numerosos porque se suicidan. Al hablar, vomitan. Al lado de cada casa hay un cementerio, una vaca, un tocón de madera con un hacha clavada y un cubo de agua fresca. Cuando los niños miran al cielo, ven vigas de las que cuelgan cuerdas. Comen tocino, lengua y pezuña, y la leche siempre tiene temperatura de vaca. La lengua nacional es el alemán, traducido por Miguel Sáenz.

Alguien lleva siglos escribiendo acerca de este país. Es una voz que se encarna en otra voz que no sabe hacer otra cosa y que habla mientras vive. Después, la voz viaja a otro cuerpo. Y si en el resto del mundo otros hacen algo llamado literatura, bien por ellos. Aquí es distinto. Aquí no sabemos qué son los recursos, las vanguardias o los personajes. Escribimos a lo burro, a golpes, atascándonos en cada frase. Sabemos que en otros lugares el pensamiento fluye, pero aquí va, como mucho, de un pueblo a otro, y a mitad de camino se te cruza un caballo que te da una coz. O tu padre, que al volver de misa te suelta una hostia. Y vuelves a casa, donde ha muerto alguien que antes ni existía porque así son las cosas en esta tierra: tu tía Hildegard es distinta de tu tía Gretchen porque una se tiró al río y la otra, embarazada de gemelos, al fuego. Así vivimos.


Josef Winkler sigue, de momento, escribiendo. Sobre sus hombros pesa Carintia entera, una región donde sopla el föhn que vuelve locos a los personajes de Bernhard cuando tienen la mala idea de asomar la cabeza por la ventana -de guillotina. El föhn, pues, sopla, y Winkler se va de vez en cuando a otros lugares a escribir sobre la India y sobre Italia, donde la gente -algo es algo- se toca los genitales antes de morir. Winkler, como Bernhard, cree que la repetición es lo más cercano al pensamiento austriaco, y si la repetición genera otra repetición, pues tanto mejor. Su novela "Cuando llegue el momento" es un martillo, es el aspa de un molino que rasca contra una piedra en el fondo del río, es la vuelta que da la cuchara de madera en un caldo cada vez más espeso. Ay, el caldo, el caldo, el caldo de huesos que, como sabemos, se cocina hasta que el olor es insoportable incluso para las moscas. El caldo negro con el que se empapan los ollares, las orejas, los ojos y el vientre de los caballos para que las moscas, asqueadas de podredumbre, no se acerquen. El caldo negro que termina siendo una letanía, un padrenuestro, una cacerola donde van cayendo, uno encima de otro, los muertos.


Natura Morta, como no puede ser de otra manera: una novela precaria, sin narración, un viaje a saltos entre carne podrida, fruta podrida y pescado podrido, de puesto a puesto del mercado de Piazza Vittorio. Se lee y después, días después, se sigue soñando así, de puesto en puesto, en un bucle, en el vacío. Cada vez que el verbo se posa en un objeto, lo describe, y si Picoletto tiene largas pestañas que casi le rozan las mejillas en la primera página, tiene las mismas pestañas que casi le rozan las mejillas en la última porque el caldo negro con el que se empapan los ollares, las orejas, los ojos y el vientre de los caballos tampoco cambia. Quien crea que en literatura basta con decir cada cosa una vez, o incluso media, que vaya de veraneo al país de Penelope Fitzgerald y jamás pise esta tierra.

A modo de entremés, y para aligerar, otra novela suave: esta se llama Amras y empieza -para qué se va a andar Bernhard con rodeos- en suicidio. Dos hermanos que piensan como uno (Hans y Ruedi para Jaeggy, Claus y Lucas para Kristof) son rescatados del mundo por su tío, que los encierra en la torre de Amras. "Esa torre perteneciente a nuestro tío fue para nosotros, en esos dos meses y medio, un refugio que nos protegía de la intromisión de los hombres, que nos guardaba y escondía de las miradas de un mundo que sólo actúa y comprende siempre a partir del mal". Allí, el narrador, metáfora del cerebro que se divide para observar su propio descenso, cuenta lo que le sucede a su hermano en un libro más basto que las Pinturas Negras de Goya.

Y así pasa el verano. Abro ahora el tercer libro de Winkler. Se llama "Cementerio de las naranjas amargas". El título lo ha puesto un enemigo. Leo. Dos páginas. Diez. Rezamos. Pensamos cómo vamos a recuperar la fe en la imaginación como motor de la narrativa después de esto.

 

 Fotografías de Jesús Monterde.


23 de enero de 2012

La esposa del tigre, de Tea Obreht, en Revista Quimera

Crítica mía a "La esposa del tigre", de Tea Obreht, una novela flojilla. Para la revista Quimera.

Saltan a la vista las razones literarias por las que "La esposa del tigre", primera novela de Téa Obreht (Yugoslavia, 1985) se ha convertido en algo parecido a un fenómeno viral entre ciertos lectores: es un libro vivo, de lectura ágil, y ha sido construido sobre un armazón que no falla. Brilla en ocasiones y revela, incluso en sus flaquezas, instinto, garra y cierto riesgo. Que la autora lo haya publicado a los veinticinco años o que el libro obtenga este o aquel premio no importa mucho aquí, al menos en principio.

Natalia, una joven doctora en misión humanitaria en la guerra de los Balcanes, recibe la noticia de la muerte de su abuelo, un personaje más o menos lírico de dimensiones y características, desde el tamiz de la protagonista, legendarias. El duelo de Natalia por el recuerdo de su abuelo durante los "cuarenta días del alma" posteriores al fallecimiento discurre en paralelo a una búsqueda de respuestas acerca de su propia vida, de sus país y de la verdad tras las leyendas que sobreviven de generación en generación. "La esposa del tigre" se presenta, pues, como el resultado de un viaje en busca de sentido.

Es un esquema clásico, fulminante, que ha funcionado mil veces: muere A, y B lo recuerda, reconstruyendo, imaginando o inventando una vida. El resultado es un retrato de A con los rasgos de B, que termina por descubrir en sí mismo una versión refractada de A. Directo, efectivo y prometedor: hasta en sus versiones más mecánicas, esta historia surge de las fuentes hondas de la muerte como misterio, del recuerdo como mentira, del amor como ceguera y del relato como robo. A la sombra de un punto de partida tan jugoso, que lleva al lector instantáneamente al recuerdo feliz de la gran literatura, casi cualquier autor puede hacer que su relato parezca mucho más de lo que en realidad es.

Pues tal vez haya algo de artificio sin alma en "La esposa del tigre", algo de ambición literaria que es capaz de mantener en el aire todos los ingredientes de una buenísima novela sin llegar a construirla, algo de narración segura y autocomplaciente, enamorada de su propio verbo y del acto mismo de contar una historia tras otra olvidando que la literatura sobrevive sólo cuando trasciende. Y es que Natalia actúa como un cuentacuentos compulsivo, fascinado ante la textura misteriosa de sus relatos (el tigre, Darisa, el hombre inmortal, etc.) pero quizá ciego a un sentido que vaya más allá de la constatación de que el mundo está lleno de historias maravillosas. Habla como Sherezade, sí, pero lo hace por capricho. No es lo mismo.

Resulta fácil detectar que es la voz de Natalia el aspecto técnico que revela con más descaro la distancia entre lo que "La esposa del tigre" anuncia y lo que finalmente entrega. Su voz, en primera persona, narra más como una autora omnisciente y segura que como un personaje en busca de sentido. Su tono es firme, impecable, idéntico desde el principio hasta el final. Sus descripciones, como es obligado, vienen llenas de esos detalles sensoriales (olores, reflejos de la luz en un charco, etc) en los que gran parte de la narrativa actual confía como si fueran garantía de verosimilitud. Pero el objetivo último de la narración de Natalia, es decir la razón de ser de esta historia a través de su voz, parece escapársenos. ¿Por qué Natalia y no cualquier otro punto de vista? ¿Qué relación profunda hay entre el relato y su narrador? ¿Hasta qué punto es Natalia un personaje capaz de soportar una novela que parece querer abarcarlo todo? ¿Es "La esposa del tigre" finalmente la historia de una joven cualquiera que llora la muerte de cualquier abuelo?

Ninguna de estas preguntas entorpece la lectura de "La esposa del tigre", que es apasionante como experiencia y que puede enamorar a quien disfrutó de, por ejemplo, "El libro negro", de Orhan Pamuk. Pero quizá el recuerdo de esta obra palidezca al lado del de novelas más densas que se han trazado últimamente con hilos similares (leyendas de infancia, narración como búsqueda de sentido y destino) y resultados más certeros e inquietantes, como "M/T y la historia de las maravillas del bosque", de Kenzaburo Oé.

14 de diciembre de 2011

El castillo de Neuschwanstein (relato), Pablo Chul


Publican un relato mío en el último número 83 de la Revista La Bolsa de Pipas. Aquí va íntegro.

El castillo de Neuschwanstein, Pablo Chul.

La máquina de café que instalaron en nuestra oficina estaba decorada con una foto de metro y medio del castillo de Neuschwanstein. Desde lo alto de su risco, el edificio, con torres asimétricas y gabletes más o menos góticos, dominaba valles nevados, un bosque de abetos y un lago de montaña en el que se reflejaba parte del cielo azul, puro, glacial, sin nubes. En la parte de abajo, en tres idiomas, estaba escrito que aquel lugar era el paisaje más bello del mundo. Piú bello. Most beautiful.

-¿Es Suiza? –preguntó Inés.

-Es Alemania –respondió Montero-. Lo construyó un rey que luego se mató porque dijeron que estaba loco. Uno que tenía una barca en forma de cisne. Uno que abdicó porque le obligaron.

Todos pasamos por delante de la máquina varias veces. Convinimos, por la quietud que emanaba de la escena, que la foto se había hecho a primera hora de la mañana, y cada uno se fijó en un detalle distinto, como un árbol que parecía nacer en la nieve o una placa de hielo al borde del lago. En la oficina olía a coníferas, a resina, al Tirol.

Pero la máquina no daba cambio, y los precios estaban decididos con toda intención. Un cortado, por ejemplo, costaba un euro con treinta céntimos. Un café con leche doble, un euro con cuarenta y cinco. Uno solo, euro con diez. Pero el té, que nadie toma, costaba un euro redondo. Los que alquilan la máquina lo saben y se hacen ricos con los picos sueltos de la gente que no lleva cambio.

A mí, como jefe y encargado de la contabilidad, me preocupa que se gaste sin razón. Evitar el pequeño goteo puede significar, al final de año, algo de beneficio a nuestro favor para detalles de Navidad o la propina del restaurante de la cena de empresa. Me parece que todo cuenta. No creo ser miserable.

Así que me adelanté al problema y preparé una tabla con los nombres de los empleados en una columna, a la izquierda, y las modalidades de café en una fila, arriba, dejando más espacio para las categorías de cortado y con leche. Y les expliqué a todos que anotaríamos cuánto dinero gastábamos en cada consumición en el cruce entre su y nuestra casilla. Cuando viniese el técnico a calcular la recaudación, sumaríamos el número de cafés y le pagaríamos eso, sin más. El resto del dinero lo devolveríamos a sus dueños según la lista.

No sé cómo lo hacen en otras empresas. Me temo que se dejan hipnotizar por la belleza del paisaje.

Imprimí la tabla, la pegué en un lateral de la máquina y me imaginé a mí mismo en una noche helada. Me había perdido en una densidad gélida y lechosa, en un bosque hundido en niebla, y de vez en cuando oía el ruido de la nieve al caer de las ramas de los abetos. Los cristales de hielo crujían bajo mis botas, y yo caminaba hacia la muerte por congelación o, quizá, hacia el amanecer. Y por sorpresa, ante mis ojos, de repente la niebla empezó a teñirse de azul claro y se disipó en jirones deshechos por los primeros rayos de un sol mate. Vi una torre cónica, un grupo de ventanas, un muro en talud, un tejado de pizarra y, al fin, naciendo entre la niebla, el castillo completo en la cima de su peña.


A los dos meses, después de calcular la recaudación, sobraban casi cuarenta euros.

Fui puerta por puerta a todos los despachos:

-Sala de juntas en diez minutos.

Les recordé que la iniciativa de la tabla repercutiría en todos nosotros y que debíamos tomarnos la molestia de anotar el dinero de todos los cafés, incluso si pagábamos el importe exacto, en la casilla que nos correspondiese. Si no lo hacíamos por nosotros, debíamos hacerlo por solidaridad con el ahorro de nuestros compañeros.

-No quiero que nadie pierda dinero pero, desde luego, no quiero que nadie se quede con nada que no sea suyo. Alguien no está apuntando sus consumiciones. Hay dinero de más.

-A mí se me ha olvidado alguna vez –dijo Inés.

Le pregunté cuántas.

-Eso no lo sé. Cinco, seis, pero casi siempre llevo cambio.

No recuerdo quién confesó algún otro despiste. Nada en concreto.

-Si sobra dinero y no es de nadie –dijo alguien-, entonces es de todos. Lo usamos para la oficina, y ya está. Si os parece.

Nadie reclamó el dinero. Esa misma tarde, al volver de comer, paré en una floristería y compré una planta de jazmín.

Pasé un rato decidiendo dónde colocarla, y al final elegí un rincón a la derecha de la mesa de Montero porque sospechaba de él. Le había visto muchas veces por el pasillo con un café en la mano, pero nunca con un boli. Y en la reunión no había abierto la boca. Era un hombre mayor, culpable tal vez de muchos olvidos. Quise recordarle la importancia de anotar los cafés –todos los cafés- y puse la planta a su lado, como un mensaje delicado.

Montero se quitó las gafas y movió su silla hacia atrás.

-Esto, ¿a qué viene?

Sentí el calor de la vergüenza en la cara, y después en todo el cuerpo.

-¿No le gusta? ¿Me la llevo?

Y me sentí, de repente, imbécil.

-¿Me la llevo?

-Déjela.

-Aquí tiene buena luz.

-Que la deje ahí. Gracias.

Noté el corazón en la garganta y volví a mi despacho como si saliera a la pizarra.

El dinero es algo muy espinoso. Por eso hay que ser escrupuloso en su manejo.

Unos días después, salí de mi despacho y me encontré a Montero delante de la máquina de café con una moneda de dos euros en la mano y una sonrisa paralela al bigote. Estaba, como quien dice, con el cuerpo del delito.

-Le iba a pedir cambio ahora mismo –dijo.

Mentira.

-Descuide, Montero –contesté –a éste le invito yo, que llevo suelto. Un café no va a ninguna parte…

Algunos no aprendemos nunca.

-…pero muchos cafés, al final…

¿Por qué lo dije? Montero clavó la mirada en el lago como si fuera a deshelarlo.

-¿Todo esto es por unos céntimos? –dijo.

Y me dejó con dos cafés delante de la máquina. En la torre más alta, justo debajo del tejado, me fijé en un balcón circular, con una balaustrada de arcos apuntados muy estrechos y juntos. Quise imaginar la vista desde allí, pero no pude.

Me bebí mi café, y después el de Montero.

Algo menos de dos meses más tarde, justo antes de que el técnico pasase por la oficina, tuve una sorpresa. Montero asomó la cabeza por la puerta de mi despacho. Estaba de muy buen humor.

-He pensado algo, pero no se moleste si se lo digo –empezó-. Antes de que me monte otra reunión extraordinaria o me lleve un ramo de rosas a la mesa, lo confieso. Mire, lo voy a cantar: yo soy el que no apunta los cafés. Se me olvida, qué le voy a hacer, no me acostumbro. Ya está.

Y se sacó un paquetito plano del bolsillo.

-Esto es para usted, para que no me ponga en evidencia.

Era una foto de una montaña dentro de un marco plateado, y no supe muy bien si el regalo era el marco o la foto.

-Es el pico más alto de Austria, el Grossglockner –dijo-. Casi cuatro mil metros, cerca de Italia. En los Alpes Nóricos.

Le dije que no tenía que haberse molestado. Él se sentó en una silla y cruzó las manos en el borde de la mesa, delante de mí.

-Usted es el que no tenía que haberse tomado la molestia; a mí las plantas se me mueren siempre.

Y empezó a hablar de montañas. Me contó que, de joven, había escalado el Cervino, el Mont Blanc y alguna otra. Estuvo un rato largo en mi despacho dibujando peñas y desfiladeros con las manos en aire.

-Pero ya no escalo. Ahora me gusta cazar.

Cazar. Eso dijo, esta vez con las manos quietas.

-Osos. Matar un oso, eso sí es un sueño. Aquí en España no se puede, está prohibidísimo, pero en Rumanía y en Hungría, sin problemas. Se compra una licencia y listo. Hay osos por todas las montañas.

Me contó algo más y se fue. Creo que cualquier persona entendería que a mí, en asuntos de dinero, me guía el celo. Se me puede perdonar.

Al día siguiente, después de recaudar, sobraban unos cincuenta euros. En realidad, pensé, si Montero era el único que no apuntaba sus cafés, el resultado no cambiaba en absoluto: todo el dinero extra era suyo. Era como si apuntase, pero con tinta invisible.

Así que decidí esperar a reunir el dinero de varias recaudaciones y devolvérselo, todo junto, en su cumpleaños. O quizá, mejor, hacerle un buen regalo, algo más personal, elegido para él.

Se me ocurrió un chaleco de caza con muchos bolsillos.

Pero a Montero empezó a gustarle llamar a mi puerta a media mañana. Golpeaba suavemente con el canto de una moneda y decía:

-Si alguien quiere un café…

Y a veces, sólo a veces, yo salía para tomar el café con él de pie, delante del castillo de Neuschwanstein, viendo los abetos y el cielo azul. Pero casi siempre se sentaba en mi despacho, hablaba diez o quince minutos y se iba.

Llegué a saber de la vida de Montero más que nadie en la oficina, y creo que en la tierra entera. Me contó que vivía con su tía anciana, en el piso de ella.

-Un cura la dejó embarazada durante la guerra. Se fue a vivir con mi madre, le obligaron a abortar, empezó a perder la cabeza. No hace nada, no sabe dónde está, cree que yo soy el hijo del cura. Se pasa el día sentada al lado de un radiador, invierno o verano. Eso es todo, no hace más. No va a durar mucho, está ya más seca que la mojama. En cuanto caiga y yo me jubile, a vivir, se lo digo como lo siento. Vendo el piso y me largo a cazar. No voy a dejar ni un oso en todos los Cárpatos.

Muy bien, Montero. ¿Y qué?

Y no es que me resultase desagradable, pero, muy poco a poco, Montero pareció dar por sentado que a mí me apetecería escucharle todos los días, uno tras otro. Se imponía, con un café para él y otro para mí. Era evidente que no hablaba con nadie más, y empecé a echar de menos perderme entre los abetos nevados, en soledad, con un café –mi café- en la mano frente a la máquina, y no volver a escuchar la historia del cura violador y el hijo abortado.

-Ah, y masca –me soltó una vez de pronto.

-¿Masca? ¿Quién?

-Mi tía, sí. No se lo dije el otro día. Se mete un bizcocho de soletilla en la boca y lo masca un rato. Si se le pega al paladar, se hurga con el dedo. Luego toca el radiador para ver si está frío o caliente, ya sabe. Así todos los días.

Efectivamente: así todos los días. Ciervos, zorros o raposas, me daba igual.

Una vez, abrí la puerta de mi despacho y me encontré a Inés absorta en la contemplación de las laderas alpinas. Llevaba un jersey de cuello vuelto con un crucifijo por encima y el pelo recogido con horquillas.

-Estaba pensando –me dijo- en aprender a esquiar.

Parecía volver en sí después de estar muy lejos.

-Por cierto, tenía que decirte que Montero me ha dado la planta que le regalaste. Dice que no quiere que se le muera, que él tiene muy mala mano.

-Gracias, Inés.

-¿Sabes si desde Sierra Nevada se ve el mar? No a pie de pista, eso me figuro que no. Pero, igual, a lo lejos. Esquiar viendo la Alhambra con el mar de fondo, ¿te imaginas?

-Creo que no. No está todo tan cerca, y creo que el mar y la montaña son direcciones distintas.

-Bueno, ya veré. Igual sí, igual no.

Y entonces, una tarde, me quedé el último en la oficina. Al salir, Montero estaba sentado en el sofá del portal, con una revista de pesca sobre las rodillas. Dijo que tenía el coche en el taller. Si no me importaba, acaso yo podría, en fin, acercarle.

Lo vi como por primera vez. Me fijé en su cuello, atravesado por arrugas horizontales, en su bigote amarillento, en las manos cubiertas de pelos hasta la mitad de los dedos. Llevaba gafas nuevas, sin montura. Se estiró el pantalón al ponerse de pie. Le vi las uñas largas y limpias.

En el coche, me contó una historia en la que él y un amigo se perdían en los Dolomitas y dormían en una cueva. Pasaban tanto frío que se meaban en las manos para que no se les congelasen. Sobrevivían de milagro.

No me lo creí, no me importó y me dio asco.

Paré el coche a la puerta de la casa de su tía, un bloque de pisos de estilo franquista en piedra gris y ladrillo, con las ventanas apagadas. Imaginé a la tía de Montero, consumida en un sillón, fuera del tiempo, al lado del radiador, al final de un pasillo interminable, en la posguerra, en una vida de domingos por la tarde.

Miré a Montero. De perfil era viejísimo, y yo no tenía nada que decirle. Enroscó la revista en su regazo.

-Si quiere –ladeó la cabeza-, mi tía está más muerta que viva.

-Montero, no le entiendo –dije.

De verdad, no le entendí.

Se bajó del coche y entró en el portal. Llevaba el abrigo sobre los hombros, como una capa, y encendió un cigarro del que salió un humo gris, gris, gris.

Al día siguiente, con ciento cuatro euros a su favor, Montero se pegó un tiro en el pecho.

Como jefe, me encargué de las formalidades. Convoqué a todos los compañeros a la sala de juntas, les di la noticia y expuse el problema del dinero sobrante. Votamos emplearlo en una corona para el entierro. Era lo correcto.

Para que me diera el aire, fui yo a una floristería. Sobre el mostrador, una señora de mediana edad y pelo negro pasó las páginas plastificadas del catálogo de coronas funerarias.

-Esto es orientativo –dijo-, recién hechas quedan mucho mejor.

La más pequeña era del tamaño de un roscón de Reyes individual. Todas me parecieron bonitas. Todas eran caras.

El dinero llegó para una mediana.

-¿Qué texto va a querer en la cinta? ¿Es para un familiar?

-Para un compañero de trabajo.

-Entonces, ¿“tus compañeros”?

-¿Tus compañeros? ¿De tú? –le pregunté.

-Claro, sí. De tú. A los muertos de tú, siempre. Sí, siempre. Pero escribimos lo que usted prefiera.

Elegí la corona y el texto, pagué y volví al coche. Pensé que había llegado el momento de empezar a tutearte, Montero, y se me escaparon lágrimas por sorpresa, de repente, a lo tonto.

Porque no puedes hacernos esto a nosotros, a tus colegas. Te lo habrías pensado si hubieras visto a Inés al salir de la sala de juntas. Fue a la máquina, miró la lista de los cafés, pasó los dedos por tu nombre y se fue a su despacho, a llorar sin duda.

Tus casillas vacías, Montero, eso fue lo peor. Como si hubieras empezado a irte antes de tiempo.

Y nadie habló en todo el día. Sin preguntar a nadie tiré la planta de jazmín, que estaba aún medio verde. Guardé la foto del Grossglockner en un cajón de mi mesa y llamé al informático para que formatease tu ordenador. Repartí el trabajo que habías dejado pendiente entre los vivos, y los restos de tu presencia, Montero, desaparecieron en un par de horas.

Preparé una tabla nueva, ésta sin tu nombre, despegué la vieja del lateral de la máquina de café, la doblé y la metí entre las páginas de mi agenda.

Montero, a punto de jubilarte. Sin avisar.

Conduje hasta el tanatorio, busqué tu sala y te vi en tu ataúd, dentro del escaparate. Estabas guapo, Montero. Te habían puesto un traje de tres botones y te habían maquillado bien. Te habían disimulado las ojeras. Te habían peinado el bigote. Tenías las mejillas más llenas, casi lisas. Llevabas las gafas nuevas. Eras un hombre digno de aprecio y respeto, frente a mí, los dos solos en la sala del tanatorio, separados por un cristal y un tiro en el pecho.

¿Dónde te lo pegaste? ¿En el corazón? ¿Justo en el centro? ¿Cerraste los ojos?

Montero, pensé en ti, ¿sabes?

Y te imaginé en el balcón de la torre más alta del castillo de Neuschwanstein con una escopeta de caza, matando a los osos de toda Europa. Estaba amaneciendo, Montero, y empezaba un gran día. Manadas enteras acudían a ti desde los Urales y los Apeninos como si el sonido de los disparos les llamase por su nombre. Los osos se acercaban a los pies de la colina y se dejaban matar a cientos, a miles, abatidos por ti. Las osas empujaban a sus crías con la zarpa hasta los claros del bosque para que tú pudieras verlas bien y matarlas, una a una. Los ositos rodaban hasta el centro de tu mira telescópica. Tú disparabas, ellos morían. Todos.

Y no dejabas ni un oso en el mundo, Montero.

Entonces se abrió una puerta lateral dentro del escaparate, y un operario entró con nuestra corona, que ahora es la tuya. La colocó a los pies de tu ataúd, justo frente a mí.

Pensé que era exactamente del tamaño de un salvavidas.

Perdóname, Montero, pero eso fue lo que se me pasó por la cabeza.

Tu corona era preciosa, Montero. De verdad, te habría gustado. La habían hecho con lirios, gladiolos y claveles entrelazados, y dos amarilis rojas, juntas, en la parte de abajo.

Y escrito en la cinta, con mayúsculas negras, de lado a lado:

LO DE TUS CAFÉS


Fotografías de John Mann

5 de noviembre de 2011

"Némesis", de Philip Roth


Crítica de "Némesis", de Philip Roth, publicada en Quimera, septiembre 2011

Juguemos a abril “Némesis” como si fuera un libro anónimo, y veamos qué pasa: es una novela breve –apenas doscientas páginas- dividida en tres partes. Las dos primeras narran la historia de Bucky Cantor, un joven profesor de educación física, durante una epidemia de polio en el verano de 1944 en Newark. La tercera sucede décadas después, cuando el narrador Arnie Mesnikoff, que quedó lisiado por la enfermedad entonces, se encuentra con Bucky y escucha la historia que hemos leído. Tenemos entre manos, pues, una narración sesgada o deformada por dos puntos de vista superpuestos, con lo que ello significa: el autor, sea quien sea, señala que esta historia no puede existir separada de sus narradores, y que su sentido estará en cómo éstos la interpreten o la hagan suya. Es decir, que la epidemia de polio que mató niños como moscas en aquel infecto verano de 1944 interesará en tanto en cuanto afecte a Bucky y a Arnie Mesnikoff. Bucky es portador de la enfermedad, y Arnie se contagia. Unidos en un instante por el virus, divergen a partir de entonces en la manera en que deciden vivir con el dolor: uno lo coloca en el centro de su existencia, el otro lo supera.

Aquí hay, en principio, un autor audaz, que se atreve con una propuesta narrativa que empieza presentando una historia de hondura bíblica y termina en una situación cotidiana acerca de la gestión del sufrimiento. Viajamos de su mano de la amenaza cósmica a los problemas de Bucky y Arnie, de la tragedia al melodrama, del tono mayor al tono menor, de la teología a la psicología. La dirección descendente de la flecha que traza “Némesis” indica, en principio, sólo riesgo.

Pero, ¿quién se atrevería a lanzarse tan decidido a semejante estructura anticlimática? ¿Cómo debemos interpretar la elección de dos personajes de dimensiones muy modestas –Bucky y Arnie- como heraldos de una historia que parecería aspirar a ser una metáfora de todos nosotros? Y, en otro orden de cosas, ¿qué voz podría esconderse detrás de las preguntas que plantea esta novela?

Pues parece haber algo de inocencia inquietante en “Némesis”, tanto en las ideas sobre las que se trenza la historia como en la concepción de la literatura que parece inferirse de su lectura. Y es que la mirada sobre el problema teológico y existencial que plantea esta epidemia de polio es transparente y directa, lo que significa también literal y obvia. ¿Es posible que el autor, llevado por el deseo de verle la cara desnuda al sufrimiento humano, haya olvidado que la literatura cuenta con recursos oblicuos, esquivos y mágicos para deslizar entre líneas dudas, ironías, sobrentendidos y oscuridades? ¿Es la transcripción limpia de una pregunta lanzada a Dios por Bucky Cantor la forma más literaria de presentar una duda existencial? ¿Hay en “Némesis” impericia narrativa al mezclar ideas, trama, fondo y artificio, o tal vez despreocupación? ¿Nos habla un autor muy joven, o uno muy viejo?

No importa qué lugar –menor, mayor o insignificante- ocupa “Némesis” dentro del canon de las obras del autor, cuyo nombre nunca supimos. El libro, una vez abierto en canal sobre la mesa, apenas respira. Lo sostiene con mínima vida el soplo de desesperación de un creador que, como Job y todos nosotros, se ha preguntado por la razón y el origen del sufrimiento infligido por Dios de manera arbitraria. Decidirá el lector si tal idea basta para que un libro aguante una segunda o una tercera lectura.

Existe una novela enorme, que tal vez interese poner al lado de éste. Se llama “The only problem” y la escribió Muriel Spark en 1984 como refutación, glosa o reverso del libro de Job. Para Spark, el problema teológico más digno de consideración era, como para el protagonista y seguramente el autor de “Némesis”, la existencia del dolor en un mundo creado por Dios. Pero aquel libro era mentiroso, fascinante, esquivo y refractario, y éste es directo y honrado, como un cabreo en voz muy alta que pide el abrazo unánime de todos los lectores. Y de hecho, según parece, lo ha conseguido. Ni que lo hubiera escrito Philip Roth.

Fotografía de Iñigo Aragón.

4 de junio de 2011

Como todos, nosotros también fuimos historia bajo el cielo negro. Modistas, viajantes, maestros de un año cualquiera en esta España mía, esta piel de toro, esta España muerta. Sol y sombra, coche y manta, una merienda en la cuneta en un paisaje igual que otro. Siluetas contra el fondo, ahora gente, ahora ausencias, siempre nada. Un traje de novia, una mili larga, un sueño en estéreo, roca, monte y soto.

Un rostro sobre una cara, como Dios mandaba. Varios hermanos, langostinos, mujeres cortadas, cartas de baraja en un basurero y un niño que nace sin una promesa y crece sano y fuerte, convirtiéndose en otro. Así éramos. Caza menor, pesca de bajura.

Fuimos tus padres, tus abuelos, tal vez tú mismo hace décadas, cuando nuestra casa era una casa-cuartel y nos sentábamos en torno a la mesa camilla, esperando visita, mano sobre mano y sobre mano fría.

Españoles: Él ha muerto.

De estas cenizas venimos.

Nosotros éramos los que movíamos los labios en misa de tarde. Una sesión doble y un paseo al mismo sitio. Sobre nuestro cuerpo, un cuerpo cualquiera. La pata quebrada el domingo por la tarde, y los niños, a la cocina. Tu recuerdo en otra mente.

¿Para qué tuvimos veinte años?

El coche no arranca.

(Texto de Pablo Chul para el trabajo de collages fotográficos "La sombra en el césped", de Iñigo Aragón).

20 de marzo de 2011

Patricia Highsmith era Satán


(Artículo mío acerca de la biografía de Patricia Highsmith que ha escrito Joan Schenkar, publicado en Hermano Cerdo.)

A veces nos ponemos mesiánicos, hablamos en primera persona del plural e increpamos a los autores de los libros que leemos. Tú corta este final, tú mata a la chica y tú no subrayes los indicios.

Eso hacemos. Ahora, por ejemplo, estamos hablando con Joan Schenkar, que ha pasado ocho años leyendo todo lo que Patricia Highsmith escribió y no publicó: ocho mil folios de diarios y cuadernos, y unas doscientas cincuenta obras rechazadas o dejadas a medias.

Joan, le decimos, ¿qué tal lo has pasado?

Pues mal.

Y se nota. La biografía que ha escrito Schenkar (Saint Martin’s Press y Picador la publican en inglés, Circe en castellano) tiene algo de tesis doctoral atragantada, de obra escrita como venganza contra uno mismo y contra el tema, de trabajo hecho de un tirón y en caliente. Casi se oye a Schenkar pensar: no puedo más, o me mata ella o la mato yo.

Highsmith era, si creemos a Schenkar, bruja por los cuatro puntos cardinales. Los camareros la evitaban y los vecinos no querían encender la luz por si se les plantaba en casa a beber sin límite y despotricar contra los judíos o el fisco. Sus amigos recuerdan que la hospitalidad “a la Highsmith” consistía en pasar hambre, frío y visitar un sótano, y sus agentes cuentan sin sonrisas que les escamoteaba comisiones. Si alguien se acercó a Schenkar con una historia amable, ésta la sepultó en una línea entre cientos de miles de líneas: que nadie diga que no está, pero que nadie la recuerde.

Joan, le decimos, tu trabajo es titánico. Se parece a la montaña que había delante de la casa de Highsmith en Tegna, Suiza, una mole magnética que tapa el sol y da miedo. Pero tenemos una sugerencia, sólo una pequeña sugerencia: cuando tengas un rato, toma las cien páginas del quinto capítulo de tu libro y conviértelas en un ensayo acerca de los escritores que, como putas y en silencio, trabajaban para la industria del cómic. Ahí está la joya, acepta nuestro consejo.

Y es que Highsmith...

(el artículo completo está aquí)

Fotografía de Alexis Vasilikos

17 de febrero de 2011

Dos historias de terror

Vuelven, vuelven y vuelven a mí dos momentos indescriptibles del cotilleo literario. Son como el regusto de una pesadilla dirigida al alimón por Haneke y Berlanga, si eso es posible. Grima y pena, risa y dentera, y yo no sé qué pensar.
Ahí van, pues, dos historias paralelas protagonizadas por sendas mujeres pesadas y mesiánicas, que se transformaron en ovejitas cuando la soledad les enseñó los dientes.

Caso 1) "La luna de miel de George Eliot, o los maridos sin garantías". George Eliot, seria y monumental, vivió una historia de amor con el filósofo George Henry Lewes, que estaba casado. Estuvieron juntos veinticinco años, se hacían llamar marido y mujer cuando viajaban juntos y amaban el conocimiento casi más que el uno al otro. Eran superhéroes del saber, de los que ya no hay.

Juntitos en la cama, cabeza con cabeza leyendo el mismo libro:
-Oh, mi George. Qué razón lleva Feuerbach, lee aquí.
-"Gott ist das offenbare Innere, das ausgesprochene Selbst des Menschen". Oh, mi George.

Y así todos los días.

Pero no pudieron casarse, y George Eliot se quedó viuda y con la espinita.

Pero John Cross, un depredador veinte años más joven que ella y admirador de la pareja, entró en escena dispuesto a todo.

-George, yo te amo.
-John, tengo sesenta años.
-Casémonos. Nunca tuviste luna de miel. Piensa en el vestido, el velo, las flores. Recuerda cómo planeaste con George vuestro viaje. Calais, Francia, Italia, amor en Venecia, you name it, darling.

Y se casaron, indeed. Se casaron e hicieron, paso por paso, el viaje que George Eliot nunca llegó a hacer con George Henry Lewes. Hay que suponer que George Eliot sentiría, al menos, un escalofrío ante la suplantación.

-¿A que soy como él, George?
-Mejor. Veinte años más joven. ¿A que soy una novia guapa?
-Pareces una doncella.

Pero, ay, llega un momento de la luna de miel en el que hay que cumplir con las obligaciones, y parece ser que llegó en Venecia. La luna reflejada en el agua bajo el balcón del hotel, la brisa, los colores de Tintoretto en la mente... Era sí o sí.

-Momentito, George, que salgo a tomar el aire.

Y Johh Cross saltó al Gran Canal.

Pero no murió, no. Le sacaron del agua medio enloquecido, y fin del affaire. George Eliot murió a los pocos meses, tal vez preguntándose para qué se había casado, tal vez si el agua estaba fría.


Caso 2) "El Antinoo de Yourcenar, o los infortunios de la vejez".
Marguerite Yourcenar rondaba los setenta y tantos y acababa de enviudar de Grace Frick, su novia de toda la vida, cuando abrió la puerta de su casa a Jerry Wilson, un fotógrafo más o menos joven que muy bien podría haberse llamado Tom Ripley. Debieron de estallar rayos en el cielo cuando la mano de Wilson hizo toc toc.

-Sí, ¿quién es?
-Soy un mal bicho, pero admiro su obra. Es usted mi autora favorita.
-Los halagos desarman a cualquiera. Incluso a mí, que estoy hecha de la piedra con la que se talló el Partenón.
-Hablando de lo cual, señora, pongamos todas las cartas sobre la mesa. A mí me gusta hacer lo de los poemas de Cavafis, así que en ese aspecto soy inofensivo del todo.
-Pues es un alivo, porque una tiene ya cierta edad.
-Oh, no, señora. Usted es y será siempre inmortal.
-¿Y qué me ofrece, joven?
-Pues compañía para viajar. Pero paga usted, que yo voy de gorra.

Y así partió por el mundo la extraña pareja. Imaginémoslos en Japón, en Grecia, en Roma, y de vez en cuando de vuelta a Mount Desert Island, reponiendo fuerzas. Imaginémoslos como debieron de estar en muchas ocasiones: ella recitando ditirambos al alba y él mirándose las uñas. E imaginemos también las broncas en las que él le pedía dinero y más dinero, y ella daba, daba y daba.

-Pero, ¿para qué tanto, Jerry?
-Para vicios. Y si no me lo das, me largo y viajas sola si te atreves. Claro, que con ochenta años... -Ay


Pensemos en que la muerte les llevaba de una mano a cada uno: él estaba enfermo de sida y ella apuraba lo que le quedaba en la copa.

Y visualicemos esto, que sucedió tal cual.
En Egipto, Yourcenar decidió hacer un homenaje triple a Adriano, a Antinoo y a su gloria literaria, y se montó en una barca en el Nilo. Llevaba una bolsita con monedas que quería echar al agua en el sitio aproximado donde Antinoo se ahogó ante los ojos de Adriano. Iban con ella Wilson y el barquero, que todavía se pregunta por el significado de lo que vio aquella mañana.

-Pare usted aquí, señor barquero, que yo soy una autora insigne y voy a hacer una cosa altamente simbólica. Porque en este mismo punto Antinoo cayó al agua y murió. Se dice que fue un suicidio por amor, y yo, en su memoria, voy a tirar estas moneditas al agua.

Chof, cayeron las monedas.

Y otro chof.

Jerry Wilson... ¡se tiró al Nilo!

Pero tampoco murió, no. Una vez en el agua debió de pensar que hasta el barquero habría entendido el paralelismo y volvió nadando a la barca.

Imaginemos la conversación de vuelta al hotel.

-Casi me ahogo, figúrate. Yo habría muerto como Antinoo.
-No comment, Jerry.
-Qué cosas.
-No comment, Jerry. ¿Te lo digo en yambos o en espondeos?


Fotografías de Alexander Binder

4 de febrero de 2011

El top-ten del chisme literario

Estaba yo en la cinta del gimnasio corriendo hacia ninguna parte cuando pensé en lo profundamente chunga que era Patricia Highsmith, cuya biografía me estoy metiendo entre pectoral y trapecio. Era retorcida, la tía. Te cruzabas con ella y tenías que ir a un exorcista.

Así que tiré del hilo y junté a los siguientes amiguetes en un supuesto ucrónico. Primero me regodeé en los de carácter indeseable y después, por efecto benéfico del oxígeno en la sangre, en los momentos literarios que debieron de molar.

De los primeros no digo nada. Pero, ¡ay, qué no daría yo por haber asistido, detrás de una cortina, a los siguientes episodios que forman el top-ten de los momentos estelares del cotilleo literario, que diría Stefan Zweig.


1) El viaje del gato Spider, que pasó de las manos de Patricia Highsmith a las de Muriel Spark.

2) Proust envuelto en manta+manta+manta+abrigo+abrigo eligiendo chulazo entre los camareros del Ritz. Y ver la cara del camarero... Moi? Pourquoi moi?

3) Byron retando a Shelley, a Mary Shelley y a Polidori a escribir una novela de terror en Villa Deodati.

4) Galdós, ciego y a punto de morir, palpando su propio rostro de piedra en el monumento de El Retiro.

5) El corazón de Thomas Hardy en una caja de galletas.

6) El complot entre Edith Wharton y Scribner's para que parte de los beneficios de "La casa de la alegría" fueran a Henry James.

7) El duelo entre Pushkin y D'Anthes.

8) John Cheever de cruising.

9) Carson McCullers de gorrona en la casa de Elizabeth Bowen.

10) Y de rebote, pero por honores: la hija de Larra inventando la estafa piramidal.

Hay más. Ya tengo otro top-ten. Mañana, tal vez, cinta mediante.

Fotografías bordadas de Maurizio Anzeri