5 de mayo de 2008

Inutilidad, de William Gerhardie

Edith Wharton, que vendía novelas como una máquina, leyó "Inutilidad", de William Gerhardie durante un viaje en tren. Se río, lloró y disfrutó tanto con el libro que decidió prologarlo para “hacer partícipe del placer de su lectura al mayor número de lectores”. Podríamos pensar que gracias a su recomendación tenemos esta novela entre manos, pero no es del todo cierto: la lista de admiradores de Gerhardie incluye a Katherine Mansfield (que dijo de este libro: "está vivo...sigue respirando cuando uno lo deja”), a Evelyn Waugh (“yo tengo talento, pero Gerhardie tiene genio”) y a Graham Greene (“para nuestra generación fue el novelista más importante”).

Y basta de name-dropping. Al grano.

Esta novela tan extraña y sutil (tan “moderna”, según Wharton) comienza con un narrador medio inglés que ve zarpar un barco con destino a Shangai. En el barco viajan Nina, Sonia y Vera, hermanas, rusas, muy rusas, rusísimas. El narrador decide poner por escrito sus recuerdos de la extraña familia Bursanov, pero se encuentra con un material amorfo e incomprensible, con el “vasto mar de la vida rusa”. Y ya tenemos aquí el Gran Temazo: arte y vida. Si plasmo la vida tal cual es, me sale un libro deslavazado. Si la transformo en una novela, ¿podré reflejar la esencia última y específica de mi experiencia? Es un material irresistible con el que llevamos disfrutando dos mil años, y otros tantos que vendrán.

Eso se pregunta el narrador, que, sin dejar de dudar, plasma la historia de Nikolai Vasilievich y su inmensa familia de parásitos, unidos ante la esperanza de la gran fortuna que unas minas lejanas prometen producir. Pero las vidas de esta red de personajes sentimentales, pasivos, fatalistas e imprácticos no son novelescas: son lentas y fútiles, escurridizas, y así ha de ser la ficción que las recoja.

¿Podemos hacer algo para salvar el alma rusa? Muy poco. En una escena maravillosa al final de la primera parte, el narrador intenta enderezar los destinos de todos los Bursanov (y acólitos), y les presenta un esquema que les sacará de la apatía: tú a trabajar, tú te divorcias, tú te casas, tú te vas....Es el retrato de dos razas, la inglesa y la rusa, “tal y como se ven la una a la otra” (Wharton). El inglés, estupefacto; los rusos, encantados con su abulia. Esperan y esperan. Esperan y esperan. Esperan y esperan. Están –cronológica y conceptualmente- entre Chéjov y Beckett.

Y así pasa el tiempo, y así llega la Revolución. La red de parásitos es insostenible, y el espejismo de riqueza que prometían las minas parece cada vez más evanescente. Cambia el escenario y continúa la espera. Pero, cuidado: la vida podría comenzar en cualquier momento. O quizá no.

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* Fotografías de Ruth Van Beek

Edith Wharton publicó en 1903 un artículo titulado “The Vice of Reading”. Que se aparten los impostores y los advenedizos, pues "it is the delusion of the mechanical reader to think that intentions may take the place of aptitude".

El texto completo, aquí:
http://etext.lib.virginia.edu/toc/modeng/public/WhaRead.html