20 de julio de 2010

The lonely passion of Judith Hearne, de Brian Moore

Así, sin anestesia y a las bravas, vamos al despelleje.

Brian Moore
escribió The lonely passion of Judith Hearne en 1955. Es un libro relativamente conocido que narra la decadencia, la locura, el alcoholismo y la soledad de una solterona en Belfast en los años cincuenta, en un entorno en el que también aparecen el catolicismo, los problemas políticos con Inglaterra y la emigración a Estados Unidos. Hay película, con Maggie Smith, Bob Hoskins y música de George Delerue, que es Dios.

The lonely passion of Judith Hearne pasa por ser una buena novela, y viene, para más inri, precidida de cierto halo porque muchos editores la rechazaron, porque Graham Greene la recomendaba, porque es triste y porque el autor era irlandés...como si eso significara algo.
Yo creo que es un libro malo, incluso infame en muchos momentos.

Ninguna pega en la trama. Judith es una solterona católica de Belfast de cuarenta y muchos años. Ha pasado media vida cuidando de una tía, no tiene casi ahorros y va de una habitación alquilada a la siguiente, fantaseando con la posibilidad de que en algún momento aparezca un hombre que no la rechace. Sin consuelo ni amor, se evade dándole al frasco.
Pero el hijo de su casera, un ex-emigrado a Estados Unidos que ha vuelto a casa tras un accidente, se fija en ella, y Judith se emociona porque cree que, at last, ha llegado el tren al que podrá subirse.
Nada de eso. El tipejo ha creído que Judith tiene dinero y busca aprovecharse. Hay cierto revuelo en la casa, un poco de traición, una buena borrachera, y Judith se queda en la calle.
Entonces empieza el vagar de Judith por la ciudad. Pierde la fe católica, peca, blasfema, gasta lo poco que tiene y termina medio loca en un asilo de monjas.

Los problemas empiezan pronto.

1) El autor avaricioso.
¿Por qué ceñirse a un narrador cuando el narrador puede ser también omnisciente o equisciente? ¿Por qué ceñirse al estilo directo en los diálogos cuando existen también el indirecto y el indirecto libre? ¿Por qué narrar la historia sólo desde el punto de vista de la protagonista cuando hay otros personajes a los que se puede hacer hablar? ¿Por qué renunciar al monólogo interior? ¿Por qué no meter un poco de problema politico de fondo?
Porque el resultado es un texto lleno de ruido. Porque la novela resulta una lucha entre varias novelas con distintas formas, y ninguna satisfactoria. Porque el autor parece haber perdido el control de su material. Porque la atención del lector se centra en los recursos estilísticos aleatorios, que se hacen constantemente visibles.

2) La historia emborronada.
Sí a la historia de Judith Hearne, sí a la historia de James Madden y sí a la historia de Bernard Rice. Con estas tres vigas y la criada Mary como puntal se hace una trama potente, y el resto al fuego, que es paja y arderá bien.
No a la historia de la tía D'Arcy, relleno puro. No a las citas con los O'Neill, repetitivas e innecesarias. No a los diálogos sobre la situación política, artificiales. No a Edie.

3) La caracterización de secundarios.
¿Es necesario caracterizar tanto a los secundarios? ¿Necesitamos ver el monóculo del señor O'Neill cada vez que aparece? ¿Y las manos del padre Quigley? ¿Es necesario dar voz a Miss Friel o a Mr. Lenehan, que son personajes meramente funcionales?

4) ¡El énfasis! ¡El énfasis!
De nuevo confusión.
Una narración que empieza gris, plomiza y oscura como un día deprimente en una pensión no pide escenas dramáticas con gritos y portazos, pero Moore parece no poder resistirse, y describe borracheras, broncas, conversaciones cargadísimas y hasta un episodio de pérdida de fe en el que Judith Hearne sangra por la uñas al intentar abrir (violentamente, of course) el tabernáculo de una iglesia mientras su cuerpo se sacude (violentamente, of course) y su voz se eleva (ya sabemos cómo) preguntándole a Dios dónde está, dónde está, dónde está, antes de desmayarse en el altar mayor.
Sic.
5) El felino animal.
Esto sucede bastante. Uno empieza a escribir la historia de un gato y al tercer párrafo no quiere decir gato donde tiene que decir gato porque piensa que si repite gato está cometiendo un error. Así que deja al gato al margen y empieza a usar sustitutos raros como felino animal o bestia peluda.
Y el lector se vuelve loco porque la voz que llama gato al gato no es la misma que le llama bestia peluda.
Brian Moore, hacia el final del libro, convierte a Judith Hearne en "the sick woman" para obligarnos a verla como una pobre mujer sin identidad y etcétera y etcétera y etcétera y etcétera.
Pero nosotros nos preguntamos (una vez más): narrador, ¿por qué te vas?

6) La falta de imaginación como causa de inverosimilitud.
¿Por qué el autor nos hace ver a Judith a través de los ojos de varios secundarios que se fijan exactamente en los mismos rasgos (su edad y su vestido)? ¿Por qué no hay ninguna mirada discordante o contradictoria? ¿Por qué toda la familia O'Neill son un único personaje? ¿Por qué el episodio del confesionario es tan tópico? ¿Es necesario que el padre Quigley muestre su aburrimiento quedándose dormido?

7) El mejor momento desaprovechado.
Pero no todo en esta novela fracasa. Los tres personajes principales (Judith, James y Bernard) son caricaturas bastante potentes, y el último tramo, en el que Judith vaga borracha por la ciudad llamando a las cosas por su nombre ("no hay Dios, estoy sola, no tengo a nadie") remonta el vuelo y conmueve hasta que Moore, confuso de nuevo, asesina la escena metiendo una buena serie de secundarios planos que comentan, uno tras otro, la pena que les da esa pobre mujer.

Y ya está. No sigo, que me encallo.

Fotografías de Raphael Dallaporta

1 comentario:

Demeter dijo...

Señor chul, que le asoma la bilis por debajo de las uñas...(qué gusto no estar sola en el mundo de los lectores que se cabrean)