2 de febrero de 2010

Hangsaman, de Shirley Jackson (1)

Pronto en esta novela se abandona el inicial impulso de distinguir qué es lo que sucede en realidad y qué sucede sólo en la mente de Natalie, la protagonista. Aquí hay un único plano: no podremos contrastar si el mundo de Natalie es distinto a otro porque veremos lo que ella ve y sabremos lo que ella sabe, nada más. La seguiremos. No veremos desde una perspectiva ajena si la realidad se ha resquebrajado o deformado. No podremos salir de nosotros mismos. No despertaremos.

Natalie Waite, diecisiete años. En la primera parte de la novela es el germen de un personaje, un espectador, una chica, en principio, soñadora (the gap between the poetry she wrote and the poetry she container was, for Natalie, something unsolvable). Pero estamos alerta en cuanto vemos cómo su familia se refleja en ella: u madre es una desconocida; su padre, el escritor, es una fachada, una máscara, una función; y su hermano, un hermano. Como Natalie –como cualquiera con diecisiete años- vemos de los demás sólo lo que son en relación a nosotros. Son extraños. ¿Son personas?

De la nada, en el jardín de su casa, surge un detective (David Lynch, ya estás tardando), y, casi sin transición, estamos en una fiesta al atardecer. Natalie pasa entre los invitados de sus padres con una bandeja. Una mujer habla con ella sobre lo conveniente que es un cambio de nombre, sobre lo necesario que es dejar de ser uno. De pronto, en la cocina, su madre rompe a llorar.
¿Qué ve, qué siente, qué sabe Natalie? No sabe nada, no entiende nada. A su alrededor, la realidad tiene una textura imposible, estática, como amortiguada. Parece un sueño o un recuerdo que no se comprende, algo más denso, algo demasiado real. Tal vez los invitados existan, tal vez Natalie no sea más que la idea que otra persona tiene de Natalie, que camina, alejándose de la fiesta con un invitado que camina a su lado (in those quick few minutes the man walking next to her had changed so rapidly from one shadow, on the lighted lawn, to another shadow, in the dark garden). La sensación a estas alturas es de distancia, de declive, de alerta. Natalie es, tal vez, un poco menos ella. Camina hacia los árboles y los árboles (almost enough of them to be called a forest) se cierran, como se cerrarán más adelante. El invitado, tal vez, viola a Natalie.

A la mañana siguiente despertamos y creemos, quizá, que hemos abierto los ojos al mundo real, pero, ¿no podemos abrir los ojos a una pesadilla?. Allí está su familia, cansada, extraña. El padre (o su máscara) parece la figura que ha decidido que los demás vivan lo que no comprenden.

Segunda parte: la universidad.
Un colegio de chicas adolescentes es, como sabemos (¿qué sucedió en Hanging Rock?) el nido de la locura. Natalie observa a dos personajes adultos (Arthur y Elizabeth) como una adolescente. No sabemos, no recordamos. Vemos, participamos, intervenimos en sus vidas, cuya importancia no comprendemos. Estamos concentrados en nosotros mismos porque no nos gustan los demás. Nos fijamos en esto y lo otro. A lo largo del pasillo, oímos risas detrás de las puertas cerradas. Escondemos la llave de nuestra habitación, que se abre en cualquier caso con la llave de la habitación bajo nuestros pies y sobre nuestra cabeza. Siete, diecisiete, veintisiete, treinta y siete, la misma llave abre todas.

¿A qué habitación volvemos? ¿Qué sabemos de los robos que se han producido? ¿Qué recordamos? Nosotros estamos solos en nuestra cama y la persona de la que hablan los demás, la persona que no puede entrar en las habitaciones de donde salen las risas, la persona que está esencialmente sola, sin salvación, somos nosotros.

¿Hace cuánto que no sales de tu cuarto? ¿Qué ha pasado con Elizabeth? ¿Has sido cómplice de algo? Caminas por pasillos que te llevan, literalmente, a una pesadilla. Entras en un lugar de donde alguien acaba de irse. Día o noche. Tu padre te escribe y te recuerda que parte de la educación prevista para ti es que estés donde estás, y que él no existe sin ti. Si te abandonas, te pierdes. Escribes a tu padre. Mencionas a esa chica, esa tal Tony Something, esa chica pequeña con la que has empezado a hablar.

Te llamas Natalie Waite, o tal vez Waitalie Naite. Escribes tu nombre, o al menos ese nombre, pensando que quizá seas el sueño de una cajera, una prostituta, una asesina, una camarera y que mañana podrás despertar, tal vez en un manicomio.

Tercera parte. Vuelves a casa, pero, ¿qué significa eso? It must be assumed that at one point, to be known as there, was the college, dark and drowsy under Natalie’s absence, and that at another point, known as here, was the home where her mother and father and brother lived, and to which she had been brought during a passage of time that in retrospect seemed nothing, so that her transition from there to here seemed no more than a fading in of one place upon another, a travel between points in time rather than in space.
El tiempo se pliega, la escena es genial. Tu madre, una extraña. Tu padre, un extraño. No existe la universidad, no hay nada concreto. Ya sabes, tu madre. Pero no sabes, y todo lo que pudieras saber es superficial. Nada afecta a la esencia de tu ser, del que nada comprendes.

Vuelves al colegio. La ventana de tu habitación, oscura. Caminas, entras donde ya sabes, evitas ver a tus compañeras, terminas en la habitación de Tony y, de pronto, todo es posible. Duermes en su cama, despertáis juntas, os ducháis, os escapáis. De repente, te abandonas. Te dicen que llevas muchos días sin salir de tu habitación, pero ahora estás, al fin, lejos, huyendo con Tony.

La ciudad surge literalmente ante tus ojos, dibujada por un niño: la calle, el puente, la tienda. Tal vez la estés viendo por primera vez. De pronto, el tiempo se detiene y Shirley Jackson describe el pueblo como si estuviéramos en la primera página de una novela: es el principio. Caminas con tu amiga. Cogéis un autobús. El autobús se para, también la narración. El autobús arranca. La textura del tiempo es como si, horriblemente, estuviera a punto de repetirse, como en los sueños. Estás recordando que lo has vivido, viviéndolo y sabiendo que lo estás soñando. Tal vez el siguiente segundo sea exactamente como éste, y lo es. Estás en gelatina. Caminas, tus pies se hunden. Los secundarios, como en los sueños, comparten rostro. Tal vez el conductor del autobús sea el hombre que estaba en el restaurante. Ya has visto a éste, ya visto al otro.

Os sentáis al lado de un hombre al que le falta un brazo. Tal vez perdáis el autobús, pero es preciso –y no sabes de dónde viene la obligación- ayudarle a untar mantequilla en su bollo de pan, lentamente, una y otra vez. Os ofrece un cigarrillo. Como en un sueño, te encallas. Sabes que tienes que sacar el primer cigarrillo para que él pueda sacar el segundo con su única mano.

Sentada en el autobús, te preguntas si el resto de pasajeros tiene cara. Bajan, suben, bajan, el autobús se detiene. Estáis las dos solas, el conductor insiste: es el último autobús, si te bajas no habrá otro. Habéis llegado a un parque de atracciones abandonado. Quieres bajar. Tienes frío. De pronto sabes, sospechas, intuyes, o más bien la realidad tiene la forma de una sospecha, de una intuición. No habrá otro autobús. Tu amiga desaparece entre los árboles. Los árboles se cierran, esto es un bosque, tu amiga reaparece atravesando los árboles, tal vez flotando. ¿Puede tu voluntad devolverte al mundo del que has venido? Oyes la voz de tu amiga entre los árboles. Sales a la carretera.

Los faros de un coche. Un hombre y una mujer. Él habla con ella, ella contigo. Te cuentan que pasan cosas horribles en estos bosques, tal vez en otros. Qué saben los padres de los hijos. Si la realidad es así, no se distingue demasiado del resto. ¿Hay una lección?
Te llevarían de vuelta hasta tu habitación, pero deben dejarte en el puente. Es el puente que ha dibujado el niño, una calle por encima del agua, el puente desde el que se puede, tal vez, saltar.

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La primera foto viene de aquí.
Las fotos son autocromos de Charles Corbet.