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21 de enero de 2010

"A house of air": artículo sobre ficción de Penelope Fitzgerald


Traduzco libre y chapuceramente un texto de Penelope Fitzgerald que aparece en "A house of air", una recopilación de ensayos, reseñas, críticas y fragmentos autobiográficos.
Following the plot:

Supongamos que yo fuera a escribir una historia que empezase con un viaje que hice al norte de México hace veintisiete años, acompañada por mi hijo, que entonces tenía cinco. Fuimos a visitar a dos viejas damas que se apellidaban Delaney y que vivían cómodamente, pese a unas reformas económicas recientes, de las ganancias de la mina de plata de la familia. Habían vivido en Fonseca desde niñas; una era cuñada de la otra. Sus parientes en Irlanda habían muerto, ellas estaban solas en el mundo y era de esperar que, en virtud de cierta amistad remota, se encariñasen con mi hijo y le dejasen todo su dinero. En realidad, si yo no había malinterpretado sus cartas, la idea había salido de ellas.

Las viejas damas vivían en una mansión con contraventanas de estilo francés, rodeada de nogales; en la casa siempre hacía fresco gracias a la doble altura de los techos. En la semipenumbra de estas habitaciones, tal como descubrí la primera tarde, ellas se mataban a base de alcohol. Por la mañana, durante más o menos dos horas, tenían un rato lúcido, y ese era el momento para las visitas. El encargado de la mina aparecía entonces, como cualquiera en Fonseca que estuviese interesado en la fortuna de las Delaney y que quisiera, en consecuencia, quitarnos del medio a mi hijo y a mí lo antes posible. Si consiguiera llegar hasta aquí, tendría que parar. Los detalles son precisos, estas cosas sucedieron en Fonseca y muchas otras vinieron a continuación. Asumo que la novela surge de la verdad y recrea la verdad, pero mi historia, incluso en esta fase, me produce la impresión de ser ficción que quiere convertirse en ficción. ¿Es por la herencia, por la plata, o por el contexto latinoamericano, que ha sido el campo de pruebas de tantos escritores del siglo veinte? Sé en cualquier caso que yo nunca podría hacer algo suficientemente respetable (y con esto quiero decir probable) como para que pudiera resultar creíble en una novela. La realidad ha demostrado ser traicionera. “Pobres de las aventuras que no llegan a ser narradas nunca”. Siento abandonar ésta, cuya trama me parecía tener una fuerza natural.

Ver una buena trama es como ver algo vivo, o –si es suficientemente sinuosa y hábil- algo que lucha por vivir. Entre una trama simple y una trama bien pensada (la que hace que el lector, aunque la haya leído ya veinte veces, quiera intervenir a cada momento) la diferencia es, por supuesto, inmensa. Pero en este tema soy fácil de satisfacer. La prueba está en la independencia de la trama respecto a los personajes, e incluso a los nombres: sólo son precisas las relaciones, como si se tratase de ritmo sin música. Tengo en alta estima las tramas (prestadas o no) del “Cuento del Erudito” de Chaucer; “Caleb Williams”, de Godwin; “Miau”, de Galdós; el relato breve “Head of the Family”, de W.W.Jacobs; y el más breve aún “The servant who went to Samarra”. Si pienso en ellas, recuerdo cómo me hice adicta.


Crecí en una casa de periodistas y en una familia donde todos publicaban o iban a publicar algo. Los niños intentábamos escribir, y nuestros mayores se resignaban a la idea. Vivir manchados de tinta empezaba a suceder a los seis o siete años, cuando nos dejaban usar la pluma por primera vez y nos daban galeradas viejas para que escribiéramos. Y es más: aunque mi padre nos dijo una vez que no había diferencia entre la literatura y el periodismo salvo por el hecho de que el periodismo daba dinero y la literatura no, nosotros esperábamos enriquecernos escribiendo novelas o relatos cortos, pues entonces vivíamos el momento más próspero de las “revistas para leer en el tren” –The Strand, Nash’s, Pearson’s, The Windsor.


Para estas historias (que se llamaban cuentos, relatos o historietas) el autor debía encontrar una trama, casi como el pintor académico que tenía que busca el tema de su pintura anual. Era lo principal. Pero los escritores, de temperamento más desesperanzado que los pintores, han sospechado siempre que esa fuente no es inagotable. Gérard de Nerval calculó el número total de situaciones dramáticas en veinticuatro; sus estimaciones se basaban en los siete pecados capitales, excluyendo Lujuria y Pereza, que no producen acción significativa. Goethe, según el autor de Turandot, sugirió treinta y seis, pero añadió que Schiller, que las había puesto a prueba metódicamente, no había llegado al número total. Todo lo cual resulta descorazonador, pero el negocio de las “historietas” era tan próspero a finales de los años veinte que las propias revistas, por así decirlo, proponían el remedio. En las últimas páginas se anunciaban los “Buscatramas”. Se podían pedir por correo y llegaban en sobres lisos, presumiblemente porque los escritores vivirían en habitaciones de alquiler y no querrían que nadie se enterase de sus asuntos.

Los “Buscatramas” eran unos círculos de cartón que contenían tres círculos concéntricos con ventanitas. Al girarlos, por las ventanitas aparecían diversas combinaciones de situaciones y personajes, y uno le daba las vueltas necesarias hasta encontrar la deseada. Una casera en un pueblo costero, la hija de la casera, el héroe, el amigo del héroe, el rival celoso, el cura, la mujer anciana o la tía, el bromista sensato (herencia de Kipling), el extranjero chistoso, el vecino meticón, el marido que regresa o el extranjero, el huésped misterioso. Todos eran, por supuesto, intercambiables, según se necesitara que hiciesen o padeciesen la acción. Muchos años después, en una conferencia de Lévi-Strauss sobre sus “Mitologías”, le oí decir algo que venía a ser lo mismo: plier et replier le mythe con las figuras del Rey, la Reina, la Madre, el Padre, el Hermano, la Hermana, la Cuñada y, entre los Indios Pueblo y Algonquinos, el Payaso Ceremonial y el Antepasado de los Búhos.

Como los “Buscatramas” se utilizaban para historias felices, la acción que resultaba era mayormente romántica, pero su objeto en todos los casos era el “giro”, que llegaba tras algún nexo: después de todo, de repente, para consternación/sorpresa general, inesperadamente, sin apenas darse cuenta de que, a causa de un absurdo malentendido... Supongo que los modelos más caros habrían podido producir un efecto doble o múltiple. Me he preguntado a veces a quién podríamos considerar el genio fundador del “giro”: tal vez a Mark Twain, que escribió una novela de sesenta mil palabras sólo para llegar a una sorpresa en la frase final. Pero incluso los novelistas más grandes, aquellos que se plantan ante los futuros escritores amenazándolos con la bancarrota, usan el “giro” en ocasiones. El Ulises termina con el esposo que vuelve a casa y trepa para entrar, descubriendo después que la puerta, después de todo, estaba abierta; y mete un misterioso huésped/hijo en casa, sin apenas darse cuenta de que su esposa se ha encaprichado de él. De todo esto era ya capaz el Buscatramas, y estoy segura de que ésa era la intención de Joyce.


Los relatos que escribí cuando tenía ocho o nueve años no me reportaron el éxito que esperaba, y los posteriores años de formación en Literatura Inglesa me enseñaron gradualmente la inquietante reputación moral de las tramas. Si eran del tipo caprichoso e ingenioso había que “perdonarlas” o “pasarlas por alto” en nombre del autor. Se consideraban “forzadas”, o, aún peor, se pensaba que ponían a prueba la credibilidad del lector, del que “pedían demasiado”. Dickens y Hardy se pasaban por alto. Claramente, la historia aceptable era la que la vida imponía a la ficción sin esperanza ni derecho de apelación. Y cuando llegué a la universidad el “giro” final seguía sin estar bien visto. De hecho, las novelas que yo más admiraba entonces, “Afternoon Men”, “The Root and the Flower”, “La conciencia de Zeno” y “Pasaje a la India” lo evitaban a toda costa, aunque esto debió de suponer un gran sacrificio para Forster.

Cuando finalmente volví a intentar escribir ficción, fui más cautelosa. Todos tenemos un punto al que la mente vuelve naturalmente cuando la dejamos a su aire. Recordé situaciones cerradas que generaban su propia historia partiendo de la doble necesidad de buscar refugio y de escapar, y que generaban igualmente sus propias limitaciones. Sus limitaciones eran también las mías. Supe que no tenía la capacidad de narrar las amplísimas complicaciones de una herencia mexicana, por muy bien que recordase la historia. El tiempo pasó, más pretendientes llegaron, incluyendo uno que sostenía ser de la familia Delaney y que se instaló en la casa. Por otro lado, el encargado de la mina había desaparecido. Con la intención de llegar a influir más en las dos damas, empezó a beber tanto como ellas, se resbaló en la escalera de estilo francés y se abrió la cabeza. A mi hijo y a mí nos echaron la culpa de éstas y otras desgracias, y nos marchamos en el autobús sin herencia, pero sabiendo qué significaba ser odiados. Habíamos sido personajes de una historieta, y siento mucho no ser una narradora de historietas.

Las tramas fueron los primeros parientes, y los más pobres, en llegar a los dominios de la novela. Durante los últimos doscientos años hemos intentado repetidamente echarlos, o al menos confinarlos a la sátira, la fantasía y el sueño. Las novelas picarescas, sin embargo, ya sean antiguas o modernas, son una especie de gesto, un detalle para con ellos. Se admite que aunque puedas pasarte la vida errando por el mundo, no puedes hacerlo en un libro sin coincidencias y, después de todo, un regreso. Y a los lectores les gustan las tramas. Eso también hay que tenerlo en consideración.


© Penelope Fitzgerald


© De la traducción: Pablo Chul

29 de diciembre de 2009

Penelope Fitzgerald (6): Innocence

A estas alturas ya estoy completamente vendido a P. F., así que no sirve de mucho que empiece diciendo que Innocence es un libro extraordinario....pero lo es: éste también.

Tal vez sea su novela más reconocible como tal de las que, de momento, he leido (me faltan tres, y después...el abismo). Si The beginning of spring o The gate of Angels se leen como si fueran el contrato que garantiza que una futura novela existirá en la mente del lector al llegar al punto final, Innocence parece una "novela-novela"
Pienso que esta impresión se debe a que comparte dos elementos con otras compañeras de género. El primero es que la trama está punteada por una historia de amor. El segundo es que contiene, de manera muy explícita, varias discusiones teóricas contra las que se destaca el sentido general de la historia.
Creo que lo puedo explicar mejor.

Toscana, 1955. De la antigua y aristocrática familia Ridolfi quedan unos pocos miembros: Giancarlo, su hermana Maddalena, su sobrino Cesare y su hija Chiara, que tiene 18 años y va a enamorarse de (o contra) Salvatore Rossi, que es sureño e idealista.
Y aquí voy a hacer un inciso:
Un escritor mediocre -como la mayoría- explicaría al lector el contexto de posguerra en Italia, las excentricidades de la nobleza en decadencia y las ideas por las que Salvatore está dispuesto a luchar. O, peor aún, seguiría el consejo de traer todo eso a la vida gracias a los detalles (algo que, a estas alturas, da bastante asco) y pondría al tío unos mitones rotos, le sentaría en un sillón con los muelles sueltos bajo el cuadro del antepasado que luchó contra Napoleón, y encendería una bombilla débil.
Pero, ay, Penelope Fitzgerald escribe desde el lugar donde se debe escribir, es decir teniendo en cuenta la jurisprudencia.

Y aquí voy a hacer un inciso dentro del inciso:
Escribir teniendo en cuenta la jurisprudencia significa no olvidar que el lector es contemporáneo al autor, no olvidar que es igual de listo y no olvidar que ha recibido, como él, las ideas, los clichés, los links y el marco intelectual de su tiempo y su cultura. Edith Wharton decía que la fotografía había cambiado la manera de conocer la realidad y que las descripciones a la manera de Balzac no tenían sentido en el siglo XX porque los lectores ya habían visto imágenes de esos trajes, de esas casas, de esos paisajes. Y Shirley Jackson lo resumía limpiamente recomendando no describir al león con toda su majestuosa y dorada melena, porque el león entero -melena y todo- llega sólo con decir "león". Así que -decía-, no cuentes cómo es el león... a menos que sea verde.
Con muchas ideas sucede, creo, lo mismo. Si un autor casa a un aristócrata toscano en decadencia con una norteamericana rica, todo Henry James (o, al menos, la versión condensada) pasa automáticamente a la mente del lector. Si un autor lleva a un joven con buen corazón de su pueblo a la gran ciudad, el lector está alerta porque sabe de antemano lo que la literatura francesa del XIX ha establecido sobre esa situación, sus riesgos y sus expectativas.
Y con esto, fin de los incisos.

¿Dónde estábamos? En Toscana, 1955, explicando qué dos puntos de Innocence hacen que esta novela parezca una novela tradicional.

El primero, la historia de amor como eje de la trama. Chiara y Salvatore, Salvatore y Chiara. Ella, la última de los Ridolfi, mitad toscana y mitad americana, educada en el extranjero, inocente en el sentido más puro de la palabra. Él, sureño, limpio de alma, educado en un idealismo gramsciano que buscaba su sitio en la Italia de posguerra, y, como ella, inocente en el sentido más puro de la palabra.
Apenas hay cuatro escenas en la novela que muestran a la pareja a lo largo de la novela, y no es que hagan falta más ni menos. Hemos leido suficientes historias de amor como para saber cómo el sentimiento amoroso evoluciona de la confusión a la pasión, de la pasión al anhelo, del anhelo a la locura. Entenderemos el conjunto si el autor decide dejarnos mirar durante sólo diez segundos.
Pero, en cualquier caso, la historia de amor es lo que vertebra la trama, algo que sucede en muchas novelas tradicionales.

El segundo, el sentido del libro contrapuesto a las discusiones teóricas de los personajes. Como en The beginning of spring, en The Gate of Angels y en The blue flower, los debates intelectuales del momento en que la acción se sitúa aparecen en la novela, pero su función varía en cada caso. Creo que aquí, como en bastantes novelas tradicionales, sirven para hacer visible la diferencia de matices que hay entre lo que los personajes logran entender de la vida y sí mismos, y lo que en realidad sucede. Y creo que el sentido último de esta novela es mostrar una visión completa de la vida, que se recorta contra lo que los personajes dicen (particularmente entre los capítulos 30-40).

Pero, en fin, sólo he mencionado un aspecto de Innocence y no he hecho la glosa apasionada y llena de adjetivos que este libro merece. Pero para ilustrar su carácter extraordinario tendría que citarlo entero, de principio a fin.

Innocence se publicó en 1986. Si pienso en esa fecha, el libro no encaja, pero tampoco encaja si pienso en 2009. Tal vez Penelope Fitzgerald pertenezca a un tiempo ideal en el que los autores respetan a sus lectores.

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Collages fotográficos de Iñigo Aragón

12 de diciembre de 2009

Penelope Fitzgerald (5): The gate of Angels


En cuanto a técnica, "The gate of Angels" (1990) es hermana gemela de "The beginning of spring" (1988). Ambas son novelas reducidas al mínimo necesario, y ambas suceden, por decirlo así, en la mente del lector, no en el papel. En ambas, Penelope Fitzgerald lleva hasta el extremo su manera de narrar los acontecimientos presentando los antecedentes y las conclusiones, sin nada en medio.

El marco de la historia es Cambridge, 1912. Un mundo teocéntrico y espiritual (en todas las acepciones de la palabra) parece estar dando paso a la era de la física y el átomo, en la que la ciencia explicará cuanto existe, visible o no. Fred Fairly, que vive alojado en el Colegio de St. Angelicus (donde está The gate of Angels) parece encarnar las ideas del presente. Pero la historia comienza un día de viento atroz que pone el mundo literalmente patas arriba (A scene of disorder, tree-tops on the earth, legs in the air, in a university city devoted to logic and reason), y el lector toma nota: el paisaje es un trasunto del debate intelectual en el que sucederá la historia.

La primera parte de la novela, en la que no "sucede" nada, está dedicada a Fred. Conocemos su entorno en Cambridge, su familia, un breve viaje a los Alpes y, aparentemente, nada más. En el séptimo capítulo, Fred tiene un accidente de bicicleta.
Podríamos cerrar el libro aquí con la sensación de haber leído un retrato de Fred hecho a base de fragmentos. En una novela tradicional, estaríamos en el momento en el cual el protagonista, ya completo como personaje, empezaría a "actuar"; tras una descripción, la narración.
Pero Penelope Fitzgerald no emplea ni una frase que no tenga, al menos, dos funciones, y el retrato de Fred está compuesto de líneas que lo describen como personaje y, al mismo tiempo, sirven como claves inequívocas de la trama que se compondrá en la imaginación del lector cuando termine la novela.

La segunda parte corresponde a Daisy, la mujer con la que Fred choca en el accidente. Varios flashbacks, un retrato completo y más pistas para el lector atento.

Y la historia como tal empieza y termina en menos de setenta páginas que se leen como un novelón de trescientas porque en este punto sabemos (gracias a la maravillosa técnica de contar A y decir, por refracción, B, C y D) todo lo que necesitamos saber para componer lo que no está explícito. Hay un paseo por el campo, un juicio, un hombre que cuenta una historia de fantasmas, una separación y una puerta que se abre.

El final, como en "The beginning of spring", es un tijeretazo.

No lo puedo decir más, pero lo digo otra vez. Cualquiera que tenga curiosidad por la novela como forma artística tiene un filón en Penelope Fitzgerald. Su propuesta es un experimento extraordinario que refuta los modos tradicionales de transmisión de información dentro de la narrativa.

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Autocromos de Paul Sano

1 de junio de 2009

Penelope Fitzgerald (4): The blue flower

No es que importe, pero uno lee a Penelope Fitzgerald y se pregunta si las editoriales españolas tienen el radar estropeado o si, sencillamente, no se enteran de por dónde sopla el aire. Sólo Lumen parece haber empezado, y con timidez, a prestar un poco de atención al filón que hay en la literatura inglesa del siglo XX. Pero allá cada cual. Aquí estamos para leer.

Penelope Fitzgerald publicó The blue flower en 1995. Diecinueve periodistas y críticos lo eligieron como el mejor libro de aquel año, y ganó el America's National Book Critics' Circle Awars en cuanto se publicó en Estados Unidos. Y no es que los galones que adornan a The blue flower signifiquen nada en sí mismos, pero conviene prestar atención a lo que implican si tenemos en cuenta que este libro
a) es una novela histórica
b) es una novela experimental
c) es una novela basada en episodios de la vida de Novalis
d) es una novela filosófica sobre razón, poesía, ciencia, sociedad y pasión.

De antemano, no parece que los lectores vayan a asaltar las librerías en masa para hacerse con un ejemplar por ninguna de las cuatro razones, y, sin embargo, es imposible leer The blue flower sin darse cuenta de que Penelope Fitzgerald está, en ambición y logros, a kilómetros de sus contemporáneos. Abrimos una página al azar:

Sophie's cough soon put Günther's into a shade. It came with an immense draught of breath which reminded her of laughing, so that in fact she would have been hard put to it, except for the pain, not to laugh.
What if there were no such thing as pain? When they were all children at Grüningen, Friederike, not yet the Mandelsloh, but already on duty, used to collect them together after the evening service to tell them a Sunday story.


Y otra:

Perhaps there would never be another evening quite like this in Weissenfels. The guests were waiting, although they were not accustomed to it: even in this great airy room, most of their faces had turned a comfortable fruit-red, but they were unable to settle down to their familiar inspection of each other's costume, followed by discussion, slight advance, slight retreat, circulation, repetition, deep and thick gossip, then indulgence in pickled goose legs, black ham, fruit liqueurs, sweet cakes, more spirits, an amiable progress home, an uncertain climb up to bed. Tonight they could not quite count on anything. Uncertainty and expectancy moved among the guests like the first warning of fever, touching even the most stolid. Still no Rockentiens, still no Affianced. In the kitchen, the cook induced the protesting stable-boy, who felt that he was held in some way to blame, to kneel down and pray for his employers' safe arrival.

Esto parece una traducción. El ritmo es extraño, espasmódico. La música que emana no es una cadencia -como, por ejemplo, en Virginia Woolf- sino un golpeteo: oímos cada unidad de sentido por separado, sin distracción. Frases cortas sin verbo en medio del discurso, hipérbatos y subordinadas donde no se esperan, aposiciones, enumeraciones...la sintaxis obliga a prestar atención a los elementos como si fueran piedras aisladas. La novela que tenemos entre manos no parece ser The blue flower sino sólo la presentación de los elementos que compondrán The blue flower cuando ésta se forme en la cabeza del lector.

Nadie, que yo sepa, escribe así. Los escritores minimal se dan por satisfechos con sugerir la existencia de algo más grande que lo narrado, siguiendo la chorrada de la metáfora del iceberg que se inventó Hemingway. Pero lo sugerido suele ser convencional, melodramático o directamente pobre, y el énfasis está sólo en la técnica: mira, mamá, sin manos. Es un jueguecito, sin más, que establece una relación de visibilidad y ocultación entre lo narrado y lo no narrado: Carver nos cuenta que un pollo se pudre en el frigorífico y nosotros vemos, por ejemplo, un matrimonio en descomposición. Así de poco original, así de irrespetuoso con la inteligencia del lector.


Penelope Fitzgerald trabaja con métodos aparentemente similares (la narración escueta) pero con fines distintos: no sugiere, no apunta, no juega con las pistas fáciles ni con los sentidos vagos. Cada elemento presente en el texto es una pieza que remite a una imagen o una idea no expresada pero -y aquí radica la grandeza de esta novela- muy concreta y profunda.

El goce que provoca la lectura de una novela de Penelope Fitzgerald es distinto a otros. Nos trata de igual a igual, y el texto entre ambos es el vehículo a través del cual se produce un intercambio de información, nada más. Perdón por la imagen esotérica, pero se diría que Fitzgerald logra que la novela en su mente se forme en la nuestra de manera exacta. No recreamos, no interpretamos, no ponemos nuestro "mundo interior" ni nuestra experiencia. Todo eso sobra. Ella escribe directamente para nuestro cerebro.

Me he dejado llevar por la emoción de la lectura y sólo he hablado de aspectos técnicos. En breve, más sobre esta novela.


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Fotografías de William Henry Fox Talbot

21 de enero de 2009

Penelope Fitzgerald (3): The beginning of spring / El inicio de la primavera

How did she do it -again?
Diseccionemos un poco esta novela maravillosa para ver dónde está el truco.

Moscú, 1913. Es el final del invierno. Las casas llevan meses cerradas y la nieve empieza a convertirse en barro en algunas calles. Nieve y barro, nieve y barro, nieve y barro. Frank Reid -inglés en Rusia, dueño de una imprenta- vuelve a casa un día y descubre que su mujer, Nellie, se ha fugado con sus tres hijos. La novela es la historia de Frank en Moscú durante las siguientes semanas.

Los lectores de The beginning of spring (1988) se vuelven locos con el retrato de Rusia, con la complejidad de los personajes, con el estilo, con la extraordinaria capacidad de crear un mundo, con la ilusión de realidad palpable....Para mí, sobresale una destreza magistral en disponer las diferentes piezas de la estructura narrativa para que se doten de sentido unas a otras. Esto se ve mejor con ejemplos, así que voy a destripar el argumento.

1) Nellie.
La novela comienza con su abandono del hogar y termina con su regreso. Es un extraordinario ejemplo de personaje-actante (modifica el comportamiento de los demás) dibujado desde las consecuencias de su huída, que se carga de significado en el momento en el que, en la frontera, cambia de opinión y monta a los niños en un tren de vuelta a Moscú. Esa decisión -una línea- es la primera nota con la que empezamos a construir el retrato de su personaje y su situación sentimental.
La segunda es un flashback a Inglaterra. Vemos a Nellie antes de casarse con Frank, en un episodio suficientemente largo -aunque todo es brevísimo en los libros de Fitzgerald- para comprender que los rasgos que la definían en Inglaterra se desmoronarán en cuanto llegue a Rusia. No lo veremos: sucede en nuestra cabeza, fuera de la página.
La tercera es la visita a Frank de su cuñado, a través de cuyas acciones vemos la Inglaterra que espera a Nellie.
El retrato de Nellie es ya redondo. Conocemos sus vacíos y sus porqués.

2) El entorno de Frank.
Los criados de Frank, cómplices en la huida de Nellie, sólo rompen a llorar cuando la noticia es oficialmente trágica. El alma rusa, ay, el alma rusa es un pozo que nadie comprende.
Los dos primeros capítulos, con las presentaciones de la galería de sirvientes y de compañeros de imprenta de Frank, nos dan perfecta idea de la densa red de irracionalidades, tradiciones y sobreentendidos que sustenta las relaciones entre los personajes rusos. Frank es medio ruso: entiende sólo a medias. La narración de Frank frente a su entorno dibuja a Frank como personaje.

3) ¿Qué hacer con los niños?
El episodio del osezno torturado es otro ejemplo de utilización de un único elemento para hablar, por refracción, de muchos otros y, además, justificar que la trama avance. En cinco páginas completamos los retratos de Frank, de los niños, del carácter ruso cuando quiere ser bienintencionado y del momento histórico, y todo ello a través de la acción que desemboca necesariamente en la siguiente acción: aceptar a Lisa Ivanova como niñera.
¿Alguien da más por menos?

4) Lisa Ivanova.
La primera mitad del personaje de Frank está dibujada a través de su relación con el entorno mientras busca ayuda para seguir adelante, y la segunda a través de Lisa, la misteriosa y callada joven que sustituye a Nellie. Cada momento en el que Frank posa su mirada sobre Lisa es un fragmento del retrato del matrimonio de Frank y Nellie.
Hemos conocido a Nellie a través de las consecuencias de su acción. Conocemos la relación de Frank con Nellie a través de la relación de Frank con Lisa.

5), 6), 7), etc...
Hay muchos más ejemplos de este uso extraordinario de información elidida en la trama pero dosificada a través de elementos indirectos.
No he hecho más que empezar a destripar esta maravillosa novela para ver dónde estaba el secreto.

El secreto es el genio.

Photo Copyright by Claire McNamee
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La foto es de Claire McNamee. En su web hay una buena galería de retratos de novelista británicos actuales.

20 de enero de 2009

Penelope Fitzgerald (2): Offshore

Después de leer una novela de Penelope Fitzgerald, conviene dejarla reposar en la mente para gozar de su efecto expansivo.
Vale, perfecto: que lo haga quien pueda.
Yo me lanzo a devorar la siguiente.

Offshore ganó el Premio Booker en 1979. Es una novela breve sobre un grupo de personas que viven en barcos en Battersea Reach, Támesis abajo, cuando la zona era cutre. Sus barcos suben y bajan al ritmo de las mareas: media vida sobre el agua, media vida en el barro.
Ellos, por supuesto, hacen lo propio: flotar y hundirse, hundirse y flotar sin soltarse nunca del amarre.
La imagen no es original, pero Fitzgerald no busca la floritura sino la eficacia, y utiliza el referente (barcos) para tranmitir una ingente cantidad de información sobre los personajes a la que conviene estar atento. De igual manera, los nombres de los barcos (Lord Jim, Grace, Dreadnought, Rochester, Dunkirk, Maurice, etc) no son una llamada de atención sobre la habilidad de la autora para manejar las citas históricas y literarias sino el recurso a través del cual entendemos la relación exacta entre los personajes y sus sueños.
Atención a todo, lector, que Fitzgerald no repite.
Si te saltas una línea, vuelve al principio.

Esto es el punto de partida: un puñado de outsiders que nunca saldrán al mar. El resultado es una novela magnífica pero de lectura un poco desconcertante, menos grata que -por ejemplo- The beginning of Spring. Uno termina el libro con la sensación de haber caminado mucho tiempo por el barro, como la gata Stripey: Through years of attempting to lick herself clean, for she had never quite lost her self-respect, Stripey had become as thickly coated with mud inside as out.
Asco, asco, asco.

No voy a contar el final de la novela ni a revelar detalles cruciales del argumento, pero mencionaré en este párrafo algunos elementos sobresalientes de la trama en cuyo tratamiento sobresale el genio de Fitzgerald.
Offshore comienza con un recorrido de barco en barco para conocer a los personajes. Es una presentación lenta, estática, perfecta en tanto que adecuación fondo=forma: gracias a este larguísimo travelling entendemos que el día a día de los personajes consiste básicamente en nada, y participamos de su tedio. Conocemos a Laura y a Richard, a Willis, a Maurice y a la familia formada por Nenna y sus dos hijas Martha y Tilda, en quienes nos centraremos cuando empiece la acción, hacia la página cien.
Por distintas razones, Nenna y su hija Martha tienen que poner pie en tierra firme. Sus incursiones a Londres (en los capítulos ocho y nueve) completan el retrato familiar y desencadenan el final de la novela (capítulo diez) con indiscutible lógica artística.

A por la siguiente.
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-Página sobre Penelope Fitzgerald www.penelopefitzgerald.com
-Cotilleos sobre la historia del Premio Booker e información sobre cómo Offshore ganó sin ser el libro favorito de ningún juez en este artículo del Guardian.
* Fotografías de Santiago Mostyn

22 de diciembre de 2008

Penelope Fitzgerald (1): más por menos

UNO-Penelope Fitzgerald empezó a publicar a los sesenta años y murió a los ochenta y tres, en el 2000. Escribió nueve novelas, tres biografías, unos pocos cuentos, algunos ensayos y muchas, muchas, muchas cartas. Julian Barnes, A. S. Byatt, Jan Morris, Victoria Glendinning, Hermione Lee y Doris Lessing, entre otros, cayeron a sus pies, y hoy nadie duda que Penelope Fitzgerald esté entre los mejores de los mejores: "Of all the novelists in English of the last century, she has the most unarguable claim on greatness", dijo Philip Hensher en Spectator. Nótese "all", nótese "in English" y piénsese en cuánto abarca esa demarcación.

Penélope Fitzgerald recibió todos los honores posibles, premio Booker incluido, mientras vivía. La oleada de veneración crítica en torno a su obra no presenta signo alguno de agotamiento.
Quien no se haya enterado, que se ponga al día.

DOS- ¿Qué hace? ¿Cómo lo hace?
La perplejidad ante una técnica narrativa excepcionalmente virtuosa parece ser la primera reacción de los lectores de Penelope Fitzgerald, y el "¿cómo lo hace?" surge como un pop-up durante la lectura: how does she do it? how is it done?...Los críticos repiten tanto la pregunta (ver*) que se diría que se copian unos a otros, si no fuera porque nosotros pensamos exactamente lo mismo al cerrar el libro: ¿cómo lo ha hecho?

Sí, pero ¿qué es exactamente lo que hace?
Pues reducir sus historias al mínimo imprescindible para obligar al lector a construir el sentido último del texto, y hacerlo con un virtuosismo inigualable. Ahí está su fuerza y su diferencia, y ahí radica su genio: Penelope Fitzgerald redefine el acto de narrar porque modifica los roles del autor (que da menos que nunca) y del lector (que aprende a leer mucho donde hay muy poco).

Si la narrativa es, en última instancia, transmisión de información ficticia de acuerdo a convenciones pactadas, Penelope Fitzgerald se sitúa en el extremo. Esto me lo callo -parece decir- y aquello también; corto, quito, tiro todo lo innecesario y le entrego al lector una novela en grado mínimo, un esqueleto, unas coordenadas, unos indicios. Y que él construya.

Y así, los libros de Penelope Fitzgerald tienen efecto expansivo y retardado. Después de haberlos terminado se compone en nuestra mente la historia en toda su riqueza y complejidad, y toma forma precisa lo que en el texto sólo estaba apuntado. Entendemos que cada palabra estaba cargada y cada elemento era una flecha.
El texto era el germen.


TRES- The bookshop
/ La librería
El argumento -una viuda mayor monta una librería en un pueblo de costa y fracasa- puede llevar a engaño y atraer a lectores que saldrán muy decepcionados. The bookshop (1978) no es una novela mona sobre bibliofilia con viejecita tozuda y vecinos gruñones y excéntricos: no va en la línea de 84, Charing Cross Road ni de The Uncommon Reader. Éste es un libro breve y duro, protagonizado por un personaje torpe y amargo que lucha sin heroísmo ni inteligencia contra la maldad banal de los demás. Nadie sale bien parado.
Excepto el lector, claro.

La concepción de la novela, la estructura, el tono y el ritmo con el que la información se dosifica son magistrales. Pero, además, en The bookshop hay un golpe de genio.
Veamos.
El narrador acompaña a Florence Green durante ocho capítulos y medio, muy de cerca. Abrimos la librería con ella, sospechamos con ella quién, cómo y por qué nos lo va a poner difícil y reconstruimos sus sentimientos a lo largo del proceso porque vemos cada una de sus acciones. Y entonces, a cuarenta páginas del final, en el momento en que todo va a empezar a derrumbarse, la abandonamos y nos vamos, con el narrador, a conocer un poco mejor a los personajes que están al otro lado de la zancadilla.
Florence reaparece en un par de ocasiones muy breves, casi de pasada, como una secundaria, y nosotros entendemos así -durante la omisión- las claves, el desarrollo, las implicaciones y el significado de su derrota.
¿Alguien se atreve a hacerlo mejor?

CUATRO- The means of escape
Diez relatos recopilados en el año 2000 componen el total de los cuentos que Penelope Fitzgerald consideró publicables (para los curiosos y los arqueólogos, el Hudson Review ha desenterrado tres relatos tempranos aquí).
Como muchos otros relatos, son obras maestras de la concisión y nos llevan a pensar en el lugar común: una frase menos y el relato se habría desmoronado.
Pero, a diferencia de otros autores, el mundo que Penelope Fitzgerald construye con cuatro palabras es infinitamente complejo, profundo y rico. Carver será escueto, sí, pero su universo es, en comparación, un cromo.
Desideratus, The red-haired girl, The means of escape y The axe son joyas. Estarán sin duda en las antologías futuras que recojan ejemplos de la mejor escritura del siglo XX.
No es ningún secreto.
A leer y a disfrutar.

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(*) Jan Morris se preguntaba "how is it done?" en su reseña sobre The Beginning of Spring (1988). A. S. Byatt y Michael Dibdin se hacían eco y repetían "how does she do it?" ante la publicación de The Blue Flower (1995) y C.K Stead los copia en 2000 para "The means of escape".
En 2008, Julian Barnes celebraba la edición de las cartas de la autora con este artículo titulado -oh, sorpresa-"How did she do it?"
(Nota: Penelope Fitzgerald es una recomendación de 93bcn. Quedo agradecidísimo a su buen criterio y su entusiasmo por este descubrimiento. ¡Gracias!)
** Autocromos de Paul Sano